El feligrés que robaba cada día después de misa

La policía vigiló durante un año a Fernández Castiñeiras hasta rescatar en su trastero el Códice Calixtino

Ladrón códice

redacción / la voz

Manuel Fernández Castiñeiras, Manolo a secas para quienes le trataban, formaba parte ya del paisaje de la catedral de Santiago. Aunque desde el 2008 este electricista de Ames de 60 años ya no trabajaba en el templo, los habituales del Obradoiro lo veían a diario. En la misa de las siete y media de la mañana o deambulando aparentemente (solo aparentemente) sin rumbo entre el laberinto de naves, capillas y corredores interiores.

Tal vez por eso nadie se sorprendió cuando a las doce del mediodía del lunes 4 de julio del 2011 lo vieron pasar con sus andares parsimoniosos -el único dato de su perfil en el que coinciden quienes hablan de él- por el claustro que da acceso al archivo catedralicio.

Aunque fuentes de la investigación consideran que el electricista ha edulcorado su testimonio para tratar de rebajar la pena por el robo del Códice Calixtino, según la confesión de Fernández Castiñeiras ese mediodía, durante una de sus rutas cotidianas por el interior del templo, pasó ante las puertas del archivo y se las encontró abiertas. Siempre según su propio relato, una vez dentro de las estancias se sorprendió al comprobar que la cámara acorazada donde se guardan los tesoros bibliográficos de la catedral tampoco estaba cerrada y, como confirmaría la policía unos días después, con las llaves puestas. En aquella fecha ninguna de las 25 cámaras de videovigilancia que había en el templo enfocaban uno de los espacios teóricamente más protegidos de Santiago.

El amo de llaves del templo

El dato de que la caja fuerte a menudo permanecía abierta fue ratificado en los primeros días de la investigación incluso por el propio deán, José María Díaz, que admitió que al habitáculo de piedra con puerta blindada donde se custodian obras como el Códice Calixtino, los Tumbos y el Breviario de Miranda «se accede continuamente» para efectuar consultas. Solo tres personas tenían, en teoría, copia de la llave del recinto: el propio deán, el medievalista José Sánchez y otro especialista. Pero, tal y como ha revelado ahora la investigación judicial, el electricista tenía en su poder tres bolsas con llaves de prácticamente todas las dependencias de la catedral, incluida la caja fuerte donde se guardan los euros del templo, así que no sería sorprendente que entre esos metales figurase también la llave de la cámara del archivo.

Manuel Fernández Castiñeiras sostuvo el viernes ante el juez que se llevó el Códice porque «todo estaba abierto» y el volumen, a la vista y al alcance de la mano. Lo cogió y, conocedor al detalle de la situación de las cámaras de vigilancia, salió del templo con el botín del siglo bajo el brazo.

Un viaje de solo 5 kilómetros

El extrabajador de la catedral, un hombre metódico y taciturno de rutinas milimetradas, siguió su hoja de ruta. Se subió a su modesto Xantia verde oscuro y enfiló la carretera hasta O Milladoiro, en el vecino concello de Ames. Quince minutos y cinco kilómetros después, no se dirigió al primer piso del número 27 de la avenida Rosalía de Castro, donde vive con su mujer, Remedios Fernández, sino a un garaje de la rúa da Cruxa donde tenía una plaza cerrada que utilizaba como trastero. Envolvió el Códice en una bolsa de plástico y lo colocó en posición vertical en medio de otros objetos y libros en una caja de cartón que en su día contuvo un cesto de pinzas, según rezan las letras del humilde envoltorio, y colocada sobre el suelo.

Ni siquiera se molestó en reservarle un hueco en la estantería del peculiar almacén, donde prefirió dejar algunos de sus cachivaches. Y tampoco llegó siquiera a abrir el manuscrito del siglo XII, ya que los investigadores comprobaron que las marcas situadas entre las páginas por el deán y los medievalistas permanecían intactas en los mismos lugares. En ese arquetípico trastero, con un somier apoyado sobre la pared y unas cornamentas de plástico compradas en el bazar chino, permaneció durante 366 días uno de los tesoros de la cultura de Occidente.

El martes 5 de julio del 2011 el teléfono sonó a deshora en casa del deán. José María Díaz trató de digerir como pudo la inverosímil noticia que le contaba desde el templo uno de los especialistas del archivo. «El Códice Calixtino no está en su sitio», escuchó Díaz por el auricular.

El deán acaba en el hospital

Una subida de tensión arterial que llegó a 25 tumbó esa noche al canónigo en una camilla de la clínica La Rosaleda tras desplazarse a la catedral y comprobar que, efectivamente, en la cámara acorazada del archivo catedralicio solo quedaban el cojín sobre el que se colocaba el manuscrito y el paño bordado que lo cubría habitualmente. Cuatro personas se pusieron a buscar desesperadamente el libro «en la caja fuerte y en las estancias adyacentes», según contó el deán. Esa noche y a lo largo del día 6 la policía se sumó al rastreo y peinó palmo a palmo la catedral hasta que se confirmó la peor de las conjeturas.

La noticia salió a la luz esa noche y ocupó el titular de portada de La Voz del día siguiente: «Desaparece el Códice Calixtino del archivo de la catedral de Santiago».

En ese primer momento ni siquiera se pudo saber la fecha exacta de la desaparición. En la multitudinaria rueda de prensa que se vio forzado a ofrecer el jueves 7 de julio, el deán se limitó a apuntar que se había producido entre el 30 de junio, último día que el medievalista José Sánchez vio el Códice en el archivo, y el 5 de julio, en que saltaron las alarmas en el cabildo.

El 8 de julio un informe interno de la Brigada de Seguridad Ciudadana señala ya a Fernández Castiñeiras como uno de los principales sospechosos del robo entre los 200 nombres que se barajaron en los primeros meses. El deán, interrogado por la prensa sobre la posible identidad del caco, dijo entonces: «Si lo sé no lo digo». Ya tenía a Manolo en mente.

Un grupo de doce agentes de la Brigada de Patrimonio Histórico de Madrid y de la Policía Científica de A Coruña y Santiago comenzaron ese día a rastrear la película de 400 horas de los vídeos de vigilancia.

Crónica elaborada con las aportaciones de Camilo Franco, Xurxo Melchor, Manuel Cheda y Xesús Fraga.

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