El año mágico de PJ Harvey

La prensa especializada se rinde en masa ante su calidad


A coruña / LA VOZ

Rara vez se encuentra tanta unanimidad entre la crítica respecto a un disco. Let England Shake, el noveno álbum de estudio de PJ Harvey, ya había agotado elogios en las reseñas posteriores a su publicación. Pero lo acontecido en las tradicionales listas de lo mejor del año superó todas las expectativas. La prensa especializada se rindió en masa ante su calidad. Medios como los británicos Uncut, New Musical Express y Mojo le han adjudicado sin titubeos el número uno. A nivel nacional, se le ha otorgado el mismo puesto en publicaciones como Rockdelux o Mondo Sonoro o la web Jenesaispop. El disco también cotizó alto en los resúmenes de Pitchfork (4.º), la Rolling Stone española (9.º), Muzikalia (2.º), Ruta 66 (2.º) o Spin (2.º), así como en multitud de pequeñas webs y blogs de fans.

Ningún otro trabajo ha logrado una media mejor en el 2011. ¿Qué tiene esta artista para lograr un respaldo tan unánime? Pues talento, rebosante y siempre a punto. Quien haya seguido su trayectoria desde aquel Dry (1991), con el que mostró uñas, crudeza y rock, lo sabe. Con la única excepción del correcto Uh Huh Her (2004), la discografía de PJ Harvey realiza un paseo por la excelencia en todos los sentidos: el expresivo, el formal y, sobre todo, el emocional.

En efecto, su constante reinvención -de la cuchilla de Rid Of Me (1993) al folk gótico de White Chalk (2007), pasando por el drama rock de To Bring You My Love (1995) y el pulso electrónico de Is This Desire? (1998)- no se quedó en lo meritorio de cambiar el envoltorio en pos de la evolución estética. No, como los grandes de verdad, como los Bob Dylan o David Bowie a los que apela, Polly Jean deslizó su aliento por la piel de gallina de sus fans y llenó de contenido la palabra sublime. Se trata, posiblemente, de la figura más fascinante del rock de las dos últimas décadas, capaz de abrirse en sus textos con una intensidad inalcanzable para la inmensa mayoría de sus contemporáneos.

En el recuerdo de sus seguidores están sus conciertos en salas y festivales España. También su aplaudida actuación en el portugués Paredes de Coura del 2004. Pero si existe un directo suyo que pasó a la historia fue la sobrenatural exhibición que dio en el Festival de Benicasim del 2001. Subidos a unos vertiginosos tacones de aguja, una falda mínima y un sujetador salieron a escena. E hizo que, durante una hora y pico, 30.000 almas se sintiesen pequeñas hormigas ante la visión de una gigante. Canciones como This Is Love, Rid Of Me o Down By the Water sonaron allí ardientes, grandiosas, definitivas. No pocos sostienen que, junto al de Björk de 1998, fue el mejor momento de la historia del festival.

Resurrección

A mediados de la década pasada saltaron las alarmas. La reina del rock había patinado con Uh Huh Her, una especie de mirada a su trayectoria anterior desde la baja fidelidad y la autoproducción. Aun siendo un trabajo apreciable, bajaba varios grados un nivel que siempre miraba del ocho hacia arriba. Llegaron las críticas tibias y, con ellas, la sensación de crisis.

Encerrada en su pueblo natal, Dorset, Polly maquinó la jugada que nadie se esperaba. Apartando el desgarro y las guitarras reptadoras, recordando a Nico y empapándose de una niebla fantasmagórica, se sacó de la manga el monumental White Chalk, una magistral vuelta de tuerca que confirmó su vigencia en el panorama contemporáneo. Con un cambio radical en su sonido e imagen (algo clave en Polly, una artista en toda la extensión del término), advertía que se abría un nuevo camino. Let England Shake se ha encargado de confirmarlo. Y la comunidad rock no cabe de gozo.

la artista del 2011

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