El creador conceptual estadounidense, pionero del body art y del land art, tenía varios conjuntos escultóricos en España.
24 ene 2011 . Actualizado a las 22:08 h.«Arquitectura y escultura van de la mano en nuestro tiempo». Lo aseguraba con convicción Dennis Oppenheim, uno de los grandes valedores de «land art», pionero de «body art», nacido en Electric City, Washington en 1938 y fallecido el pasado sábado en Nueva York a causa de un cáncer con 72 años. El creador conceptual estadounidense tenía varios conjuntos escultóricos en España, los dos mayores en Valladolid y Madrid. El último lo inauguró él mismo en el 2007 con una visita relámpago a nuestro país, donde expuso su obra en la última década. Su última pieza española es una pequeña ciudadela de acero y hierro plantada en una rotonda a la entrada de la villa de Navalcarnero, 35 kilómetros al suroeste de Madrid. Se titula Crystal garden (Jardín cristalino). La primera escultura de Oppenheim en España fue Stage set for a film (Decorado para una película) quedó instalada en 1998 en el paseo de Zorrilla de Valladolid. También tiene piezas urbanas en Palma de Mallorca, Mula, Murcia y Medina del Campo.
Los mejores museos de arte contemporáneo del mundo atesoran la múltiple obra de Oppenheim, que participó en los míticos encuentros de Pamplona en 1972 y cuya obra, a través de la Fundación Gabarrón, pudo verse en Madrid, Valladolid, Valencia y Murcia. Una obra con múltiples registros en la que cupieron lo conceptual, las videoinstalaciones o la fotografía, por más que en los últimos años dedicara casi todas sus energías a grande proyectos para espacios públicos.
Crystal garden le fue encargada a Oppeheim en el 2004 por Baltasar Santos, el entonces alcalde el alcalde de Navalcarnero -localidad de 20.000 habitantes- y exigió una inversión próxima a los 600.000 euros. Cada una de las tres formaciones del conjunto, que conforma un triángulo equilátero de casi 60 metros, supera los siete metros de altura, con 3,45 de anchura y 7, de largo, y están atravesadas por un camino transitable. Oppenheim la presentó entonces como una fortaleza de cuarcita, un jardín cristalino inspirado en formaciones geológicas.
Construido con planchas de acero perforado y especular y perfiles de hierro, su aspecto varía sensiblemente con la incidencia de la luz y se muestra bien transparente, bien reflectante. «Es una suerte de espejismo que aviva la simbiosis de la arquitectura contemporánea el paisaje natural» dicen sus promotores.
Variaciones
Con taller en Nueva York desde los setenta, Oppenheim recibió el reconocimiento internacional por una trayectoria plagada de variaciones y meandros estéticos. Militó al principio de su carrera en el arte conceptual, con performances en el campo del «body art» (arte sobre el cuerpo) y el «land art» (arte de la tierra).
Entre 1970 y 1974 utilizó su propio cuerpo como lugar y escenario para retar el «yo». Exploró los límites del riesgo particular, la transformación, y comunicación a través de acciones e interacciones ritualistas. De ahí saltó a esculturas de corte más abstracto y la fotografía.
Estudió Bellas Artes en la School of Arts and Crafts y realizó un máster en la Universidad de Stanford. Obtuvo becas de la Fundación Guggenheim y la National Endowment for the Arts. Sus obras están en multitud y galerías y museos internacionales, como el Reina Sofía de Madrid, que le dedicó una antológica en 2005 después de que lo hiciera la fundación Gabarrón
Fusión y magia
Su labor en los últimos años incidió en la intención de «fusionar arquitectura y escultura», convencido como estaba de que ambas disciplinas «van de la mano en nuestro tiempo». «Para experimentar este tipo de escultura hay que atravesarla, penetrar en su espacio, como ocurre con la arquitectura. El espíritu de este jardín cristalográfico está en esa fusión», explicó Oppenheim al inaugurar su última pieza española.
Confesaba también su fascinación «por las mágicas formaciones cristalinas en la naturaleza que evocan edificios modernos» que inspitro su segunad esculuar 'española'. «Muchos arquitectos tratan de imitar esas fascinantes formas naturales; lo vimos cuando, tras los atentados del 11-S, en las propuestas de reconstrucción de la zona cero del World Tarde Center abundaban esas estructuras que nos recuerdan a los cristales de la naturaleza» recordaba a pie de pieza en 2007. «Se abrió un debate que me afectó, de modo que para este 'Crystal garden' traté de desarrollar una nueva estructura arquitectónica a partir de los cristales».
Siempre tenía en cuenta el entorno del espacio que rodea a cada pieza «porque los espacios públicos exigen que consideres su uso y el de los edificios colindares».