El cantante de Boney M forma parte del lado más «kitch» de la cultura pop. Su peculiar manera de moverse en el escenario atrapó a varias generaciones que vivieron las tensiones de la transición con su liberadora música de fondo
08 ene 2011 . Actualizado a las 21:00 h.El pop es así. En épocas bajas siempre muestra el camino de la evasión. En los años setenta el mundo vivía la crisis del petróleo pero bajo la bola de espejos se bailaba disco, la más intrascendental de las músicas posibles. El fenómeno se capitalizó fundamentalmente en EE.?UU. pero tuvo una pronta expansión en Europa. En Alemania, un astuto productor, Frank Farian, diseñó un grupo con el objetivo de reventar las listas: Boney M. Como líder colocó a Bobby Farrell (Aruba, 1949) y, entre su gravísimo tono de voz (que al final no era la suya) y sus bailes electrizantes (estos sí, totalmente genuinos), logró que muchos dejasen de pensar en la que se les venía encima y penetrasen por la puerta de la fantasía pop.
Sí, aquella frivolidad que escupía Aplauso en TVE a finales de los setenta era la otra cara del paro incipiente y la inflación bestial que atenazaba España en la segunda mitad de los setenta. Cuando Boney M salían a escena, la alegría entraba en el hogar. Y todos los ojos miraban al mismo lugar: a aquel saltimbanqui con el pelo afro que se contorsionaba como si estuviese poseído por el diablo. Desde el niño al abuelo, todos profesaron por él una simpatía que duró hasta el pasado jueves. Ese día se confirmó su muerte. A los 61 años de edad acababa de dar un concierto en San Petersburgo. En Nochevieja tenía cerrada una actuación en Italia. Nunca la hizo, pero su espíritu estuvo más presente que nunca en las fiestas del pasado Fin de Año.
La imagen del grupo
Farrell quería ver mundo desde joven. En cuanto terminó sus estudios elementales se embarcó y estuvo dos años viajando constantemente. Apasionado de la música soul, en tierra se puso a trabajar como disyóquey en Holanda y Alemania. Allí fue donde terminó en la fábrica de hits de Farian, que tras haber pegado fuerte con el sencillo Baby Do You Wanna Bump de unos inexistentes Boney M, se vio obligado a crearlos al más puro estilo de grupo prefabricado: haciendo un casting.
De ahí salió la banda tal y como la conoció el mundo, con Liz Mitchell, Marcia Barrett y Maizie Williams secundando a Farrell. No solo eran sus voces dulces las que daban contrapunto a la varonil adjudicada a Farrell, también lo hacía su actitud en escena. Acompasadas y sonrientes acogían a un Farrell sobreactuado, que miraba desafiante al público y parecía haber nacido únicamente para ser seguido con un foco.
Él fue la imagen de Boney M, el icono que siempre se asociará a Ma Baker o Daddy Cool, éxitos rotundos escuchados hasta la saciedad. Pero algo lo atormentaba: las críticas que lo situaban como una mera marioneta al servicio del talento de Farian. Henchido de fama, empezó patalear en 1980 y, tras ser expulsado y readmitido en el grupo, finalmente abandonó la nave en 1982 y arrancó una etapa en solitario con el single Polizei, una olvidable pieza reggae en la que quedaba claro que su voz nada tenía que ver el poderoso grave que se le presuponía.
Pero mientras todo esto ocurría los fans no aceptaban a su sustituto en Boney M. No les importaba el fraude: querían a Farrell. Sin él la fiesta no tenía sentido.