Adiós al último gran comediante

CULTURA

Berlanga no era el marqués de Leguineche (lo es para siempre Luis Escobar en la espléndida trilogía Nacional ), pero mucho suyo había en aquel personaje parido a cuatro manos con su inseparable guionista, el gran Rafael Azcona, «el hombre más importante de mi vida», como confesó a Antonio Gómez Rufo en su estupenda biografía Berlanga. Contra el poder y la gloria (Ediciones B, 1997).

Erotómano confeso y escatológico convicto bajo el barniz de sainetista cómico, lució una visión inimitable, coral (y cáustica) de la España de posguerra a partir de sus películas, comenzando por la entrañable Bienvenido, Mister Marshall (1953), que el crítico Ángel Fernández Santos colocó en «un lugar indiscutible e indiscutido en el capítulo de oro de la historia del cine europeo».

Los memorables personajes de la imaginaria Villar del Río darían paso a las igualmente magistrales comedias Calabuch (1956), Los jueves, milagro (1957) y Plácido (1961), completadas con El verdugo (1963), que para muchos disputa el trono de las grandes a Bienvenido? Aquel alegato contra la pena de muerte le causó serios problemas con la censura e influyó en el parón profesional que sufrió, con solo tres rodajes en once años hasta Tamaño natural (1974), una reflexión sobre la soledad, prohibida en España hasta 1978 por ser erróneamente acusada de película porno. Y en eso llegó su última gran obra, La escopeta nacional ( 1977), con la que Berlanga radiografiaba la España predemocrática bajo un retrato coral fácilmente identificable al tiempo que regresaba a sus orígenes y ponía en solfa la corrupción del franquismo. Pocas veces como ahora el cine español está verdaderamente huérfano. Desde Berlanga ya no se hacen comedias como aquellas. Y se notará.