Una clase de fotografía en el museo

El recorrido comienza por los procesos fotográficos primitivos, desde las impresiones en papel salado y el negativo en papel que introdujo el británico William Fox Talbot en 1840, hasta los daguerrotipos que competían desde Francia con las invenciones inglesas.


La magia de la fotografía, desde su nacimiento hasta la era digital, pierde algo de misterio desde hoy en Washington, gracias a una exposición que enciende la luz en el cuarto de revelado para desvelar los secretos detrás de cada tono y textura.

El objetivo de «In the Darkroom», la muestra histórica que la Galería Nacional de Arte de Washington abre hoy al público, es funcionar como una clase magistral de historia de la fotografía.

A lo largo de tres pequeñas salas, las explicaciones técnicas justas para cada proceso de revelado ceden protagonismo a las 40 obras de arte impresas en diversos soportes por los expertos en este arte, desde los primeros daguerrotipos de 1839 hasta las Polaroid instantáneas de la década de 1980.

La barrera está, según la comisaria de la exposición, Sarah Kennel, en el momento en el que el revelado deja de ser necesario para ver la fotografía, cuando las imágenes pueden verse segundos después de apretar un botón y acaban almacenadas en carpetas de ordenadores.

«Nuestros pequeños no saben cómo funciona la fotografía, y apenas se lo plantean. A veces es necesario echar la mirada atrás», aseguró Kennel en la inauguración de la muestra.

El recorrido comienza por los procesos fotográficos primitivos, desde las impresiones en papel salado y el negativo en papel que introdujo el británico William Fox Talbot en 1840, hasta los daguerrotipos que competían desde Francia con las invenciones inglesas.

Entre ejemplos de paisajes, retratos y experimentos de revelado, el visitante aprende que los procesos de positivo directo, como el que utilizaba el daguerrotipo y que rescató la moderna Polaroid, imprimían una única imagen y no permitían que se reprodujera, a no ser que se volviera a fotografiar.

Sin embargo, la mayoría de los procesos fotográficos hasta la llegada de la tecnología digital utilizaban los negativos, excepto los que funcionaban mediante mecanismos fotomecánicos que transferían la imagen a una piedra, metal, o lámina de cristal en la que se imprime con tinta.

Entre las explicaciones técnicas detalladas de cada uno de estos procesos, el visitante entiende por qué la fotografía tardó tanto tiempo en salir de la categoría de ciencia y entrar en la de arte, y por qué muchos de los primeros fotógrafos eran científicos, y no artistas o hombres de negocio.

Los 170 años de experimentación con materiales sensibles a la luz, sustancias químicas que fijan la acción lumínica, y soportes de todo tipo, dieron lugar a más de veinte tipos de revelado distinto, cada uno con características diferentes de tono, textura e intensidad.

El más destacado en la exposición es el de la «gelatina de plata», que en el siglo XX revolucionó la comercialización de las fotografías al introducir un soporte de plástico, que permitió empequeñecer los negativos y hacer ampliaciones de las imágenes y desarrollar cámaras que no necesitaban trípode.

Con la «gelatina de plata» llegó también lo que hoy conocemos como «fotografía en blanco y negro», pues el proceso químico de revelado ya no exigía la exposición al sol y, por tanto, los tonos perdieron su tono rojizo y se fueron haciendo más fríos.

Si los circuitos comerciales prefirieron esa técnica durante la mayor parte del siglo, los artistas se habían quedado prendados del detallismo y el granulado especial del fotograbado, y escogieron este proceso del siglo XIX para reproducir sus obras en libros hasta 1960.

El escepticismo de los artistas ante las innovaciones en el terreno se amplificó con la llegada de la fotografía en color, una variedad por la que la exposición pasa de puntillas para centrarse especialmente en la magia de la cámara que sólo demoraba el revelado unos instantes: la Polaroid.

El protagonista indudable de ese apartado es el polifacético Andy Warhol, cuyo pequeñísimo «Autorretrato con peluca aterradora» (1986) atrae mucha más atención que los gigantescos bodegones a todo color que llenan las paredes de la última sala.

La decisión de la factoría Polaroid de volver a comercializar sus pequeñas máquinas es, para la comisaria, el broche perfecto para una exposición que pretende «hacer que la gente se enamore de lo que no era automático, lo que requería tiempo, mimo y trabajo».

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