El conocido historiador y crítico de la arquitectura William J.R. Curtis denuncia «los excesos» cometidos en España y otros países por muchos profesionales que han reducido los edificios a «imágenes superficiales y gestos grandilocuentes». «En España en particular hay muchos ruinosos proyectos monumentales que costará una fortuna terminar y administrar luego», afirma el autor de Arquitectura Moderna desde 1900 y de varias monografías sobre Le Corbusier (Phaidon). Nada práctico «Pienso, por ejemplo, en la Ciudad de la Cultura, en Santiago de Compostela, de Peter Eisenman, que es (un proyecto) nada práctico y desproporcionado en cuanto a escala», explica Curtis. «En una bonita plaza sevillana [la plaza de la Encarnación] ha habido una horrible intervención de Jürgen Mayer en forma de hongos gigantes. Destroza el espacio urbano y es una catástrofe, pero el proyecto lo ha impulsado el propio Museo de Arte Moderno», agrega el experto británico. «En Córdoba está el proyecto de Rem Koolhaas para el Palacio de Congresos, también horriblemente desproporcionado en relación con la Mezquita, situada enfrente», critica Curtis. Pero el crítico no solo habla de España. En Francia hay proyectos gigantescos que tal vez la crisis obligue a paralizar, explica el británico, que cita, por ejemplo, el bautizado Triangle, de los suizos Herzog & Meuron, un rascacielos de casi doscientos metros de altura que «se impondría» a la ciudad de París. «Se trata de un monumento al dinero y a la arrogancia política, muy propio de la presidencia de ostentación del presidente Sarkozy», critica. Interrogado por las repercusiones de la crisis en esos y otros proyectos faraónicos, Curtis señala que en los últimos años la arquitectura se ha convertido «en una especie de vulgar publicidad que convenía a los objetivos de la plutocracia internacional y de los promotores inmobiliarios». El star system en el mundo de los arquitectos «ha seguido con frecuencia ese juego» y «ha reducido así la calidad de sus intervenciones», explica William Curtis. Todo ello ha degenerado en una especie de «operación de marcas» que ha acompañado «al consumismo y a la inflación de valores, fenómenos vinculados ambos a la explosión crediticia», agrega el historiador, según el cual «se han reducido los edificios a seductoras imágenes en las pantallas del ordenador», en detrimento de la «sustancia».