El anuncio de la salida de Amaia Montero del grupo vasco La Oreja de Van Gogh, ha traído el recuerdo de otros casos en los que el vocalista de un grupo lo abandona en su apogeo. Desde Iron Maiden a Joy Division, pasando por Take That o The Jam
02 abr 2020 . Actualizado a las 17:14 h.El lunes pasado el grupo donostiarra La Oreja de Van Gogh enviaba un comunicado a los medios. En él hacían público el abandono de su vocalista Amaia Montero. Firmado por Pablo Benegas, Álvaro Fuentes, Haritz Garde y Xabi San Martín, decía lo siguiente: «Hace unas semanas Amaia decidió no continuar con nosotros, para comenzar una carrera en solitario [?]. Desde que hemos sabido de esta decisión hemos sentido mucha tristeza, no solo por los motivos musicales evidentes, sino también por todos los años y experiencias vividas y por vivir. Sin embargo, y aunque quisiéramos que Amaia siguiera con nosotros, le deseamos toda la suerte del mundo en la nueva etapa que ha decidido tomar».
Pese a que en los foros de Internet la noticia se difundió prostituida, llegando a afirmar la separación efectiva del grupo, el texto de la banda no dejaba dudas sobre su futuro: «Por nuestra parte, en La Oreja de Van Gogh aún sentimos que nos quedan muchísimas canciones por escribir. Tanto es así que ya estamos componiendo, con la pasión de siempre, un nuevo disco que esperamos tener listo a lo largo del 2008». Es decir, que la Oreja de Van Gogh tendrá una nueva cantante.
Mientras algunos fans lloraban la pérdida y otros pensaban que se salía ganando, el jueves explosiona una inesperada cabriola: la mexicana Paulina Rubio tomaría el puesto de Amaia en al próximo disco. Al día siguiente, Sony desmentía la noticia.
Olé Olé
Teniendo el cuenta el tipo de grupo que representa La Oreja de Van Gogh (pop resultón, obvio y comercial con chica el frente, pura carne de radiofórmula) el paralelismo con Olé Olé saltó de inmediato. En aquel caso, la deserción de su cantante original, Vicky Larraz, llegó en 1984, con dos álbumes editados que incluían singles como No controles o Voy a mil, que buscaban con éxito hacerse un hueco en el reinado tecnho-pop de Mecano. Larraz pretendía emprender una trayectoria en solitario más ambiciosa, con vuelos más líricos.
La sustituta fue Marta Sánchez y, contra todo pronóstico, rebasó de largo a su predecesora en celebridad, mutando histrionismo por dulzura, y nervio por sensualidad.
Consciente de su enorme potencial, la coruñesa explotó su imagen de rubia irresistible y se convirtió en uno de los grandes símbolos sexuales del panorama nacional, trascendiendo completamente al ámbito del pop y dejando varias canciones grabadas para siempre en la memoria colectiva de este: Soldados del amor, Sola o Con solo una mirada son algunos de ellos.
En 1991 abandonó el grupo y empezó una longeva carrera en solitario que llega hasta el día de hoy, un caso único de supervivencia en un mundo tan mutable y vertiginoso como el del pop. La vacante de Marta fue rápidamente ocupada por la canaria Sonia del Rosario Santana. Si el cambio previo había funcionado, en esta ocasión nada fue igual y, pronto, surgieron las desavenencias que quebraron la alianza. Actualmente, el grupo vive en su cuarta reencarnación con la vocalista Marta Domínguez. Su disco, Grandes éxitos y otras terapias de grupo, ha pasado totalmente desapercibido.
Y ahora ¿qué?
Sobrevivir a la pérdida de un cantante es, con toda seguridad, la prueba más dura que ha de soportar una banda. Generalmente el vocalista recibe el mayor foco de atención y su voz se revela como la particular huella digital, ese elemento distintivo de un grupo a otro. ¿Cómo sustituir, si se diera el caso, a personajes como Bono, Morrissey, Bret Anderson, Robert Smith, Axl Rose, Michael Stipe, Mick Jagger o Loquillo y mantener la fidelidad del público? ¿Algún fan concibe a U2, Suede, The Cure, Guns n?Roses, REM, Rolling Stones o Los Trogloditas sin ellos?
Lo más probable es que nadie conteste afirmativamente, pero la historia nos demuestra que hay multitud de casos donde el trasvase sí ha sido posible.
En ese aspecto llaman la atención la ética pragmática de muchas de las formaciones del heavy y el hard-rock. Como si se tratara de equipos de fútbol, en ellos parece que la institución prevalece sobre las personas. Personas que, como los futbolistas, igual entran que salen.
Hay que ver, por ejemplo, el caso de los británicos Judas Priest, comandados desde 1973 por las agudas cuerdas vocales de Rob Halford hasta que, en 1993, decidió abandonar el barco. ¿Qué hicieron sus compañeros ante la deserción? Acudir a las bandas tributo que veneraban al grupo y reclutar a un facsímil de Halford, Tim Owens. En el 2003, Halford volvería.
En el otro lado del charco, encontramos un caso similar con Van Halen. David Lee Roth, la voz original de la banda, era algo más que un cantante: su saltimbanqui puesta en escena, con saltos y piruetas que rayaban lo kitsch, volvía locos a muchos de sus fans. En 1985, en plena cresta de la ola comercial tras el single Jump, decidió emprender un camino en solitario que nunca llegó a cuajar.
Otro portento de horterismo, Sammy Haga proviniente de Montrose, lo sustituyó hasta que en 1996 el guitarrista Eddie van Halen grabó dos nuevos temas con Roth, que se volvería a reincorporar al barco.
Peripecias similares se pueden hallar en las biografías de nombres ilustres como Deep Purple, Whitesnake, Uriah Heep, Black Sabbath, Marillion, Skid Row, Iron Maiden, Anthrax o Sepultura. En el mundo del heavy y derivados el lema parece ser siempre el mismo: mirar adelante.
Tragedias
En 1997, el líder de los australianos INXS, Michael Hutchence, aparecía muerto en la habitación de un hotel. Hutchence, poseía un peso escénico y un carisma arrolladores. Sus compañeros no de quedaron quietos y, una vez se recuperaron del golpe, buscaron sustituto. Tras depender de vocalistas temporales, terminaron organizando un concurso-cásting televisado para dar con el adecuado. El ganador fue el canadiense J.D. Fortune. Con él grabaron el pésimo Switch, que no convenció a nadie.
Y si Michael Hutchence era una deslumbrante rock star, ¿qué se puede decir de Jim Morrison? El líder de The Doors sufrió idéntico destino en 1971 pero su muerte no terminó con el grupo. Robbie Krieger y Ray Manzarek tomaron la voz cantante y editaron dos álbumes, Other Voices y Full Circle. Posteriormente llegaría An American Player, un curioso trabajo en el que musicalizan grabaciones de Morrison recitando poemas.
Sin embargo, lo que muchos puristas no toleraron fue la mercantilista usurpación del papel de Jim Morrison por Ian Astbury (el cantante de The Cult) en el 2002 con el invento llamado The Doors of 21st Century. John Densmone (el único que no participó) terminó demandándolos.