Alos niños no les gusta que los traten como idiotas. A muchos adultos, sí. Al niño, si aflautas la voz y te agachas, le entran unas ganas locas de largarse o se esconde detrás de una pierna de su padre o de su madre. En En el estanque dorado la relación entre el abuelo Henry Fonda y su nieto comienza a fluir cuando el viejo manda al chaval a un recado y dice: «¿De qué sirve tener un nieto si no le sacas provecho?». El niño, acostumbrado a otros mimos, se sorprende al principio, pero luego sonríe. Su abuelo se lo gana por no ser condescendiente, por tratarle como a un igual. El otro día en el golf de Paderne había un chaval de seis o siete años que manejaba el putt con un instinto asombroso y nunca fallaba: calculaba de modo natural caídas y distancias, aplicaba la fuerza justa y la bola caía inevitablemente en el hoyo. Lo reté y pidió permiso a su padre, que se unió al reto. Luego dimos una vuelta al campo los tres. En cierto momento, ante una salida espectacular del chaval, le dije: «Para ser un inútil, has estado bastante bien». Se produjo un silencio y pensé que había ido demasiado lejos. No me atreví a mirar al padre. El chaval tragó saliva. En cuanto ejecuté mi golpe, dijo rabioso: «Para ser un… ¡Ay, ay! ¿Cómo era la palabra?». Se la recordé y repitió feliz la frase. Tuve que irme antes y me preguntó cuándo volveríamos a jugar. Cuando volviéramos a coincidir, contesté. Y su padre: «Nosotros venimos casi todos los días». Le dije al chaval, «ah, y oye, que retiro lo de inútil». Bajó la cabeza y dijo en voz baja: «Yo también».
Pero los adultos, con tal de que nos digan lo que queremos oír, algo que nos justifique, dejamos que nos traten como idiotas.
@pacosanchez