Curtis estación

Cristóbal Ramírez

CURTIS

Por lo general figura en el catálogo de las buenas ideas no mirarse el ombligo y salir de la comarca para ver qué y cómo hacen las cosas por otros pagos. En efecto, no hace falta recorrer muchos kilómetros para aprender. Con llegar a la estación de Curtis es suficiente, a cuarenta minutos de Santiago, una pieza histórica portadora de un valor actual enorme al que no se da importancia.

Con un magnífico guía, Javier Caínzos, recorro unas calles que no pueden presumir de antigüedad y acabamos tomando el vermú en la estación, por donde hoy circulan pocos trenes y que en el pasado no fue solo corazón sino también origen de una localidad que sigue batallando para sobrevivir en el mundo rural gallego. Un municipio con tesoros ocultos como sus 150.000 huevos de gallina que produce diariamente y sus 10.500 cabezas de ganado vacuno que alimentan sus propietarios (puedo apostar a que solo uno de cada mil lectores lo sabe). Y María, que ofrece una notable tortilla como pincho, puso los vermús en un espacio que es casi un museo entre maquetas y fotos. Y además pueden tomarse en el andén. Todo ello muy cuidado y generando una atmósfera acogedora y muy agradable, una prueba de que con cariño es posible crear lugares que atraen tanto a los vecinos como a los de fuera.

Alfonso XII inauguró esa estación a cuya sombra nació el pueblo. Hoy estaría orgulloso. Y los alcaldes con otras en la Vía Verde que une Sigüeiro con Cerceda deberían dejarse caer un día por allí como hicieron días atrás en el País Vasco y aprender cómo revitalizar sus estaciones. Y esto no es reproche alguno, es idea servida gratuitamente. Quizás hagan caso. O no, porque no hay peor ciego que el que no quiere leer.