Como si Betanzos no supiera superar el disgusto él solo. ¿Alguien lo dudaba? El Globo fallido ya es pasado. Que para eso están el río Mandeo y el vino tinto. Porque para olvidar una amargura no hay nada mejor que apostar todo a la festa rachada. La primera jira de Os Caneiros, como siempre en 18 de agosto, fue la medicina perfecta para revivir Betanzos.

«Vamos a estar aquí hasta que el cuerpo aguante». Lo decían, al mediodía, unos cazafantasmas equipados con mochila sulfatadora de vino, buzo blanco y carro de la compra -que prometieron devolver-, con más vino, cerveza y whisky. Era la segunda vez que venían en grupo estos leoneses -y un valenciano-, invitados por dos hermanos betanceiros, pero se ve a la perfección que saben de qué va esto. Porque hasta el campo de Os Caneiros, epicentro de la troula, hay que llegar de blanco para irse de tinto.

No obstante, al igual que se habla de las dos Españas, también se puede hablar de los dos Caneiros. Porque por un lado están los lugareños, que cumplen la tradición a rajatabla de navegar Mandeo arriba, y por otro los que acaba remojados en vino. Eso sí, hay sinergias entre ambos. Desde las embarcaciones, algunas típicas y otras modernas, se escucha el Miudiño, el Toro enamorado e incluso reguetón, que sirve para amenizar la fiesta mientras no se pone a trabajar el disyóquey.

De la plaza del Campo hacia al lugar de concentración se extendió una serpiente de juventud desde por la mañana. Se sucedieron grupos vestidos de blanco y cargados de garrafas, transportadas de todas las maneras: atadas a una cucaña, sujetas a un carro con cinta americana o en una maleta de viaje. Y en la mano, algo que no puede faltar: la pistola de agua, imprescindible para pasárselo bien y también para el ligoteo, que de eso también va esta fiesta. Además, la funda de plástico para el móvil es otro gadget imprescindible.

«Antes iamos ata abaixo, pero agora hai moita movida», decía María, al tiempo que echaba limón en las navajas. Ella y su familia, de Sada y Bergondo, llevan «toda a vida» pasándose por Betanzos. Son de los de siempre, pero no critican la forma que tienen los chavales de celebrarlo. Comían a la sombra, con mesa, mientras en un grupo de Cambre y Culleredo, también de los menos jóvenes, decían que «la edad no importa para disfrutar». «Ellos [los chavales] se lo pasan bien dándolo todo, nosotros hacemos lo que podemos», bromeaban.

Os Caneiros se alargó hasta la caída del sol, cuando ya era difícil ver a alguien de blanco impoluto y muchos ya se habían dado un chapuzón. A esa hora ya nadie hablaba del Globo, aunque alguno temía verlo en las manos de la Guardia Civil al salir con el coche.

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Río arriba y vino tinto para olvidar el Globo