En esta ciudad se han creado muchos emblemas de los que no hubo una previsión adecuada para su mantenimiento y coste
31 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Hay veces que esta ciudad semeja ese momento en el que varios meses después de la Navidad querías jugar con tus juguetes de Reyes. Al clic le faltaba el pelo sobre la cabeza, el juego de Operación lo tenías que imaginar porque le faltaban huesos al paciente y la maquinita del Donkey Kong no encendía porque no tenía pilas. Cosas que un día generaron excitación estaban inservibles, proyectando la melancolía de los juguetes brillantes que fueron y no volverán a ser.
El ascensor de San Pedro, conocido como la arielita, generaba esa misma sensación. Una infraestructura llamada a ser un icono de la ciudad que estuvo años ahí, como un trasto que funcionaba intermitentemente, que se averiaba cada dos por tres y que finalmente ha quedado clausurado para siempre esta semana, tras cuatro años parado. Corre el mismo destino que el tranvía turístico que, después de descarrilar mil y una veces, se decidió guardar en las cocheras para siempre. Menos mal que el Obelisco Millennium volvió a emitir luz en el 2022 después de !once años averiado!
Esa misma melancolía la transmiten las terrazas de María Pita, en penosas condiciones muchas de ellas; los Arcados de la playa en su standby eterno; o esa pasarela delirante (y oxidada) que comunica el Coliseum con ExpoCoruña. Del deficiente estado del Coliseum ya hablamos aquí la semana pasada y varios lectores me dijeron lo mismo del Palacio de la Ópera. En esta ciudad se han creado muchos emblemas de los que no hubo una previsión adecuada para su mantenimiento y coste, más allá del debate sobre su estética o utilidad. Y por eso, a veces uno tiene la sensación de estar en un Toy Story decadente con juguetes muy caros que nadie se acordó de cuidar.