Conviene no olvidar cómo hemos llegado hasta aquí, escuchar las voces lúcidas en medio de este barullo interesado
11 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.En un test que evalúa el nivel de maldad que llevas dentro, varias preguntas se fijan en la capacidad de cada cual de disfrutar con el mal ajeno. ¿El otro lo pasa mal y yo no? Mejor para mí, viene a decir. Y algo parecido pensarán todos los que, cada 8M, se frotan las manos viendo las fotografías de las movilizaciones feministas. «¿Dónde están las mujeres ahora, dónde? Sois cada vez menos, ni entre vosotras os ponéis de acuerdo, dónde estabais cuando los ayatolás sometían a las iraníes», en un discurso de manual de cuñadismo cada vez más irritante porque se extiende otra vez viscoso, pegajoso, oscuro como el chapapote, y lo mancha todo a su paso, como hace mucho tiempo no veíamos. El patriarcado, como gato panza arriba, sigue reclamando a las feministas una pureza de sangre imposible de alcanzar. Qué pereza infinita.
Y sí, de las 35.000 personas que salieron a la calle en el 2018 a las 6.000 del domingo pasado hay un socavón que tenemos que analizar. Porque el chapapote está en todas partes, como el ruido, que es cada vez más intenso. Conviene no olvidar cómo hemos llegado hasta aquí, escuchar las voces lúcidas en medio de este barullo interesado.
El lunes por la mañana, María Xosé Porteiro dejaba esta reflexión en Radio Voz: «Estamos vivindo desde hai dous séculos unha das revolucións sociais máis importantes da humanidade, que é a revolución feminista. Despois da abolición da escravitude, da revolución industrial e os dereitos laborais, esta é a gran revolución social. E ademais, é unha revolución pacífica, porque quen agrede non é quen fai a revolución: quen agrede é quen se sinte prexudicado polo avance da outra parte. Renunciar a privilexios, non a dereitos, sempre ten un custe».