Menchu Murillo: «Como dijo una clienta, una mercería es la Disneylandia de las labores»

Antía Díaz Leal
antía díaz leal A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

Menchu Murillo, en la mercería Cándida en la calle coruñesa de San Andrés
Menchu Murillo, en la mercería Cándida en la calle coruñesa de San Andrés CESAR QUIAN

Junto con su hijo, está al frente de la mercería Cándida, la más antigua de la ciudad

26 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Trabaja rodeada de botones, hilos, pasamanerías y puntillas en la calle San Andrés. Menchu Murillo Dueñas (Puertollano, 1960) se hizo cargo de la decana de las mercerías coruñesas hace nueve años.

—¿Quién era Cándida?

—Era la sobrina de Ruperta, la señora que abrió la mercería en los años 30. Le puso el nombre por ella, pero esta Cándida nunca apareció por aquí.

—Siempre se dice que la mercería nació en 1939, es la más antigua de la ciudad, ¿pero en realidad ya funcionaba antes?

—Sí, parece que desde 1932. Pero en el 39 traspasó a la familia Silva, que fue la que diseñó la tienda, montó las estanterías y todo. Después de Mercedes Silva se quedó su nieta, Marisa, y yo empecé a trabajar con ella en el 2010.

—¿Y cómo llegó aquí?

—Yo había estudiado Magisterio, pero mientras mis hijos eran pequeños no trabajaba. Luego estuve en una guardería y en un colegio como cuidadora. Quería trabajar y, a través de una amiga que me dijo: «Mira, allí necesitan una dependienta», aquí me quedé. Y cuando Marisa se retiró, me ofrecieron quedarme con la tienda. Es de esos trenes que pasan a veces por tu vida y te subes a ellos, porque yo no tenía pensado dedicarme a esto, pero me gustaba el negocio, y ahora lo llevamos entre mi hijo y yo.

—¿Qué es lo que tenía esta mercería para enganchar así?

—A mí siempre me ha gustado el mundo de las labores, yo siempre he cosido, he hecho punto de cruz, el tejido... Para la gente a la que nos gustan las manualidades, como me dijo un día una clienta, una mercería es como la Disneylandia de las labores.

—En los años que lleva en la mercería, ¿ha cambiado mucho la clientela?

—Sí, ha cambiado. Cuando yo empecé había todavía bastante gente que se hacía su propia ropa o iba a las modistas. Ahora ya casi no quedan. Entonces había gente que compraba botones de mucha calidad, no les importaba pagar lo que fuera, y se hacían bastante ropa. Pero ahora vienen a reponer unos botones y miran más el precio, o una cremallera que se ha roto, un hilo que me hace falta... No es lo que había antes, que era hacer confección nueva. Se hacía mucha ropa de carnaval, para fiestas, para Fin de Año. Ahora no, ahora es reparar, tunear, cambiar el estilo de las cosas o se me ha perdido un botón y tengo que cambiar la botonadura.

—Y cualquiera puede necesitar un botón en algún momento...

—Este es un negocio que siempre tiene gente, por eso. Porque siempre te hace falta una cremallera, un botón, un velcro. Yo tengo gente todo el año, no es un negocio estacional. Hay días de más, otros días de menos, pero siempre hay movimiento.

—Aquí hay muchísimas cajas de botones. ¿Cuántas referencias tienen?

—No las hemos contado. Hay tanto que hacer siempre que ponerme a contarlas sería... ¿cuánto tiempo voy a perder en esto? Hay muchísimas, miles, de todo tipo. Desde el botón normal básico al de fiesta. Tenemos botones muy antiguos. Los que son tan especiales que los busca gente que todavía hace confección. Hay gente que sistemáticamente compra una prenda y viene a cambiarlos, o que ha heredado un abrigo. Sitios donde encuentres mucha variedad de botones, y bonitos, no hay tantos. Viene gente que está aquí de paso y los compra porque donde vive no encuentra. Hay una clientela muy fiel.

—Muchos serán de toda la vida...

—Y vienen de fuera y te dicen: «Yo venía aquí de pequeña con mi madre o con mi abuela», o gente que trabajaba en talleres y la mandaban aquí a por botones.

«Llama la atención el comercio tradicional, lo nuevo es todo igual»

Mantiene los mismos escaparates, estanterías y mostradores que cuando la familia Silva comenzó a despachar en el año 1939. Y el objetivo es que siga así, porque en su caso el relevo lo tomará su hijo Enrique, que lleva la tienda con ella.

—Lo único que cambiaron los Silva fue bajar los techos, y pusieron el suelo hidráulico; el resto se mantiene. Nosotros cuando llegamos pintamos, pero la tienda se mantiene igual. Tiene el encanto de lo antiguo. Cuando sales fuera, lo que te llama la atención no son las cosas nuevas, te llama la atención el comercio tradicional, lo nuevo es todo igual.

—¿Notan mucho la competencia de internet?

—Yo tengo un artículo que es complicado vender en internet, porque es difícil elegir un color de un botón o de una pasamanería, aparte de que no te van a mandar dos o tres botones. Aquí todo es muy al por menor. Pero sí se nota el nivel de exigencia de la gente. Antes venían y lo que tú ofrecías era lo que había. Ahora la exigencia es que «esto existe porque lo he visto en internet, ¿cómo no lo tienes?». Pues es que no puedo tener de todo, es imposible. Me dicen que compre en plataformas y luego lo venda aquí, ¡por encima de mi cadáver! [se ríe]. Me enfado mucho, vivimos del comercio de la ciudad, es importante trasladar esto a nuestros hijos. Luego cierran y decimos «¡Qué pena!».

—¿Cómo han llevado las obras de San Andrés?

—Fue un año durillo, pero ahora mucho mejor. Hay gente que se queja de que no puede dejar el coche, pero yo creo que al final nos iremos acostumbrando todos a organizar la vida de otra manera, porque esto es calidad de vida. Notas tanto el cambio que es una maravilla, yo estoy muy contenta con la calle.

Imperdibles: «Salen muy bien los cierres de chaqueta, tenemos unos imperdibles preciosos, los mandamos a toda España. Una estilista, Paloma Gras, sacó uno como adorno el año pasado y fue tremendo, ese modelo lo dejaron de fabricar y aún me lo siguen pidiendo. Pero de ese tipo tenemos muchos y se venden muy bien».