En esos días «desenmascarillados», la gente, de pronto, tendrá nariz, labios y dientes. Y nosotros los tendremos para ellos
22 abr 2022 . Actualizado a las 05:00 h.En plena pandemia abrieron un súper al lado de mi casa. En realidad, era la ampliación del que ya había. En él se quedaron muchos de los empleados antiguos, junto a otros nuevos. Todos, por supuesto, trabajaban con la mascarilla. Incluso en los primeros días de locura, falta de información y miedo, algunos llevaban un protector de plástico tipo soldador. De los antiguos recordaba su cara. Con los nuevos la fui imaginando de manera inconsciente. O directamente la ignoré, como si el rostro fuera solo ese tercio que ocupa los ojos.
Es el caso de uno de los charcuteros, un chaval joven y amable. De esos que, además, siempre tiene un tranquilizador guiño de simpatía con los niños. Algo que se agradece en medio de la tensión que a veces generan las visitas al súper donde lo quieren tocar todo y no esperan por nada. Cuando él se dirige a ellos conecta. Se supone que sonríe bajo la mascara, igual que los pequeños. Pero ni ellos ni él ven más allá. La sonrisa la leen en sus ojos y en su voz. Pero no en los labios.
Sin embargo, saliendo del súper se nos cayó un juguete. Y escuché una voz sin rostro: «Cuidado amigo, que se queda ahí el muñeco». Giramos, lo cogimos y, de pronto, como si fuera un efecto retardado el tono se me hizo familiar. Giré. Me sentí medio confundido. Incluso algo violento. ¿De qué conozco yo a este hombre? Y, atando cabos por el uniforme, vi que, en efecto, era el mismo chaval que me ha cortado jamón y queso todo este tiempo.
—¡Tío, es la primera vez que te veo la cara!— le dije extrañado.
—¡Y yo a ti!— se rio.
En esos días desenmascarillados vamos a vivir muchas escenas así. La gente, de pronto, tendrá nariz, labios y dientes. Y nosotros los tendremos para ellos. Dos años después. Casi nada.