La calle está llena de mascaritas, diría la Celia de Elena Fortún, una frase viejuna y preciosa que a mí se me viene a la cabeza cada vez que salgo a la calle en pleno carnaval, como siempre de oyente. Está llena de mascaritas mientras enfilamos la calle Torreiro, que antes de las ocho de la tarde ya tiene las terrazas animadísimas con un puñado de Fridas, una vaca, varios osos y leones (uno tomando su biberón), un par de caballeros medievales y algunas de esas cosas indefinidas que tienen los carnavales y que necesitan un intérprete: ¿qué quiere decir una sopera metálica en la cabeza?.
Dobla la esquina de La Bombilla una chica con un plato de sus eternas croquetas, camino de la mesa. En nuestra primera cena familiar fuera de casa en tanto tiempo, qué vergüenza da reconocerlo, nos colamos en el local contiguo para probar las croquetas de Manu. En el Triay son de gambas al ajillo y el crío sentencia que «estas croquetas son más ricas que las otras». Cuáles son las otras, preguntamos. «Todas las que no son de gambas», responde. Con la boca llena de bechamel y su lógica de crítico gastronómico de cuatro años, acaba de empezar sin saberlo su propia lista de las mejores croquetas del país. Este invento maravilloso merece una aplicación que te permita cazar las mejores de cada ciudad que pises. ¿No es mejor atrapar una croqueta que un Pokémon?
La vida vuelve a la normalidad a pesar de todo, y nosotros lo hacemos a contracorriente: de regreso a casa mientras los demás salen, consecuencias de los madrugones radiofónicos. Es extraño el paisaje de la nueva normalidad, por fin con sus mascaritas andantes… y sus montañas de bolsas de basura en torno a los contenedores desbordados.