Eternas bellezas de Mozart

Antón de Santiago CRÍTICA MUSICAL

A CORUÑA

David Grimal dirigió a la Sinfónica en el 25.º concierto de abono con un programa compuesto por los tres primeros conciertos para violín del genio alemán

30 may 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

El 25.º de abono de la OSG se celebró de nuevo en el Palacio de la Ópera. El tamaño de la orquesta (5 violines I, 4 II, 3 violas, 2 chelos, 1 contrabajo y 2 trompas y 2 oboes) lo permitía. En programa los tres primeros conciertos para violín de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Solista y director, el francés David Grimal (1973).

A los 19 años Mozart retorna a Salzburgo y tiene en su haber sonatas para clave y violín, 5 óperas y oratorios y misas, 13 cuartetos y 30 sinfonías. Allí y en el año 1775, escribe su ciclo de cinco conciertos para violín, muy cercanos unos de otros. Los que sonaron el viernes, llevan, en el catálogo de Ludwig von Köchel, los números KV 207, 211 y 216. Todavía música galante, de obligado cumplimiento para los músicos de librea (Haydn registraba a esas alturas 60 sinfonías y 30 cuartetos de cuerda).

Todo indica que fueron estrenados por el propio Mozart. Si su precocidad se mostró en el teclado, era también un excelente violinista, como le reconocía su padre, Leopoldo Mozart, autor de un considerado tratado de violín. Violin que venía de ser la gran estrella instrumental en el barroco. Ahí están fabricantes como Stradivarius, Guarneri, Amati, y los creadores Vivaldi, Tartini, el preclásico Nardini, y era el gran cantor. Inevitable el parangón con los castrati. Mozart, conocedor del instrumento y, sobre todo, por inspiración, sabía hacer cantar al violín en todos los registros y modos.

El n.º 1 entra con energía, se remansa en el Adagio y canta di garbo en el rondó final. En el n.º 2 subyace un tono serio que, a pesar de los cambios de tempo, asoma a lo largo de la obra. El n.º 3, al que el autor añade 2 flautas, ataca ya con alegría que capta por la energía y un estro superior; subyugante el Adagio y de nuevo epatante el rondó final.

Grimal es especialista. Conoce estas obras y las expone con pulcritud y belleza.La orquesta dialoga, contesta, acompaña y subraya. Perfecta la simbiosis entre solista, también director, y el colectivo. Grimal dio hacia el final alguna muestra de fatiga (¿la mascarilla?) y hubo de tirarle de las orejas a su Stradivarius para precisar la afinación antes de abordar el Adagio del 3.º. No obstante, impecables y largamente ovacionados.