Dice la Real Academia que un espejismo es una ilusión. Un concepto o imagen sin verdadera realidad. Y eso, palabra por palabra, han sido las calles de la ciudad estas dos últimas semanas
06 ene 2021 . Actualizado a las 05:00 h.Dice la Real Academia que un espejismo es una ilusión. Un concepto o imagen sin verdadera realidad. Y eso, palabra por palabra, han sido las calles de la ciudad estas dos últimas semanas. Un concepto sin verdadera realidad donde las esquinas de la plaza de Lugo estaban igual de llenas que los días previos a Reyes de cualquier año, a pesar de la lluvia o el frío, con el paso de peatones de la plaza de Mina convertido, como cualquier otra Navidad, en un espacio superpoblado, nuestro Shibuya particular donde no existe distancia de seguridad ni nada que se le parezca. ¿Recuerdan aquella época en la que los japoneses con mascarilla nos parecían tan exóticos? Ahora cruzamos en diagonal de Padre Feijoo a la calle Betanzos como en Tokio, armados con mascarilla, en una muestra de que el virus es la expresión perfecta de la globalización.
¿Pero qué hay de real en todo este espejismo? En el ruido que ha vuelto a llenar bares y cafeterías, el trasiego de gente por las aceras, las colas en las cajas de las tiendas, los padres revisando recorridos de las cabalgatas triplicadas, las estrellas que cuelgan en María Pita y los extrañísimos globos luminosos que se venden en medio de la plaza. Es real, no nos lo inventamos.
Se puede tocar al vecino accidental del paso de peatones, a la señora que nos precede en la cola, al camarero de la terraza de enfrente. A los Reyes Magos no, a pesar de que los nueve (¿qué son nueve reyes magos sino una ilusión?) han pasado por la PCR reglamentaria. Es real, todo es real.
Pero esta especie de limbo mental en el que nos hemos pasado los últimos meses, luchando contra la sensación de incredulidad, es como un Pepito Grillo machacón, no es verdad, no es verdad, nos dice. Es un espejismo. Y está a punto de desvanecerse.