Rebeliones de bote

Siempre me han hecho gracia esos anuncios de colonias convertidos en diminutos videoclips


Siempre me han hecho gracia esos anuncios de colonias convertidos en diminutos videoclips que transmiten el sutil mensaje de que bastan unas gotas de ese mejunje para que, abracadabra, dejes tu angosto apartamento en Os Mallos y aparezcas en una azotea de Manhattan, con la camisa abierta y el esmoquin desbaratado, después de una noche de jarana junto a una saludable muchacha yanqui.

Algunos de esos avispados publicistas no dudan en redondear el cebo con una rasposa voz que te sugiere, en inglés pop, algo así como «sé libre, sé rebelde, rompe con las normas». Pero antes, pasa por caja: a la revolución hay que ir bien perfumado de casa.

Me he acordado de los anuncios de colonias y sus rebeliones pijas porque ha empezado el otoño y todo va tan acelerado que igual que la lotería de Navidad ya se vendía en junio, en pocos días tendremos que escribir la carta a los Reyes Magos -aunque tal como se está poniendo todo, lo mejor será enviar un burofax-, así que los anunciantes ya preparan su artillería de aceitosos pectorales masculinos y delicados muslos femeninos para convencernos de que esas carnes estarán al alcance de nuestras humildes manos obreras si nos hacemos con un olor de marca.

Como he leído demasiado a Chesterton, pienso, como él, que para saber lo que piensa Dios del dinero basta con observar a quién se lo da. Y, como encima soy un ingenuo incurable, todavía creo que algunas de las cosas más hermosas e importantes de la vida son gratis. Así que para sobrevivir a estos días, en lugar de comprar una revolución de bote, me acerco a la avenida de La Habana y me paro un rato bajo la hilera de los Ginkgo biloba que crecen en la acera de Preferencia. Estos fascinantes árboles japoneses ya empiezan a amarillear. Es un espectáculo glorioso. Y no cabe en un frasco.

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