Las primeras castañas

Los árboles no tienen redes sociales y por eso siguen a lo suyo, con la fotosíntesis y esas movidas, como si aquí no pasase nada


Me acabo de encontrar, sobre las losas desvertebradas de la plaza de las Bárbaras, la primera castaña de la temporada, envuelta en su erizo y reluciente como si se acabase de crear el mundo y aún estuviésemos desempaquetando todas las cosas antes de ponernos a estropearlas.

Y con la castaña en la mano, que ya sé que no vale para asar, porque es un castaño de Indias o como se diga, me ha dado por pensar que los árboles no tienen redes sociales y por eso siguen a lo suyo, con la fotosíntesis y esas movidas, como si aquí no pasase nada y se pudiese ser feliz de forma natural y sin el menor atisbo de remordimiento. Es como si los castaños y los negrillos, igual que las clarisas del convento de esta plazuela, también fuesen de clausura y viviesen ajenos a esos asuntos que tanto nos indignan y ocupan nuestros días.

Me acordé, al apretar la castaña contra mis huellas dactilares, de una frase de Italo Calvino, que aconsejaba levantar de vez en cuando los ojos de la página escrita y elevar la mirada.

Si lo de levantar la cabeza ya era saludable cuando se trataba de no abusar de los libros, ahora que vivimos sepultados en el móvil, alzar la nariz lejos de la pantalla es ya una cuestión de pura supervivencia.

Por eso, para paliar aunque solo sea un poco la miopía mental que caracteriza a esta época que ve muy mal de lejos y algo borroso de cerca, a veces me da por acercarme a cosas que tienen muchos siglos, y paso la mano por el lomo de la iglesia de Santiago (800 años) o de la torre de Hércules (dos milenios en vena) para escuchar cómo sus centenarias piedras, aún calientes por el sol de la tarde, me cuentan que todo esto pasará y que no somos el ombligo del tiempo, sino una diminuta muesca en la Historia.

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