Un silencio ensordecedor


Una de las primeras cosas que nos deberían enseñar en el colegio es que, cuando a uno le da la ventolera de enfrentarse a los poderosos, automáticamente se queda solo. Pero solo del todo, como Gary Cooper en ese wéstern en el que el pueblo mostraba su apoyo incondicional al sheriff cerrando puertas y visillos a su paso, por si caía un tiro rebotado.

Lo que sucede es que en la escuela son unos idealistas, como Gary Cooper, y los profesores no te enseñan las grandes verdades del lado oscuro. Saben que esas cosas ya se aprenden en el patio, durante el recreo, que es la asignatura más eficaz del currículo académico.

Lo de la soledad del poder siempre se ha explicado mal. Hay ilusos que creen que el solitario es el mandamás, aislado en su despacho con sillas de diseño y mueble bar de 21 años. Ese no está solo, está tranquilo, que es diferente. El que está solo es el particular que trata de respirar bajo la bota del gerifalte.

Todo esto, que a alguien le podría parecer propio de los tiempos del Lejano Oeste, lo acabamos de comprobar en nuestro pellejo con el trato propinado a Coruña y al Dépor desde la Liga de Tebas padre, el Fuenlabrada de Tebas hijo y el Consejo Superior de Deportes de Irene Lozano (la negra literaria de Pedro Sánchez), que han pasado por la ciudad con sus helicópteros y su napalm como Robert Duvall en Apocalypse Now. Lo único que, en lugar de la Cabalgata de las Valquirias, lo que se escuchaba durante el ataque era el silencio ensordecedor de sus acomplejados cómplices.

Y es que no hay mayor silencio que el de los cobardes. Yo si fuese director de orquesta, pediría que en la sala de conciertos ofreciesen siempre butacas gratis a los miedosos. Porque se callan tan fuerte que casi duele oírlo.

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