¿Quién da la vez para el Orzán?

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CORONAVIRUS

A CORUÑA

Vista de la playa del Orzán esta tarde
Vista de la playa del Orzán esta tarde Ángel Manso

Qué va a ser de esas tribus de arena y agua, los del moreno perenne, los bañistas con pase vip, los adolescentes con las hormonas al sol

20 may 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Las primeras semanas de confinamiento, hacer la compra en Internet era como intentar conseguir entradas para el único concierto de U2 en España: te dejaban en la cola (virtual, eso sí) durante una hora antes de que pudieses empezar la compra, porque tenías por delante más de 10.000 usuarios. Las colas han sido virtuales y convencionales, con 2 metros o más de distancia hasta que en el súper te dejan entrar. Y ahora, con el comercio abierto y finalizada la semana de cita previa, una llega a la puerta de la tienda y se encuentra a un señor. ¿Está para la zapatería? Sí, te dice a través de la mascarilla. Y te quedas a una distancia prudencial, esperando. Si algo nos está enseñando esta crisis es a ejercitar la paciencia.

Hemos pedido cita para ir a Zara, guardado cola para ir al banco... ¿tocará también para ir a la playa? Vamos a ponernos en situación. Llegas a la esquina de Rubine y preguntas:

-Disculpe, ¿está para Riazor o para la farmacia?

-Para la playa, para la playa. Llevo aquí desde las 11 y esto no se mueve.

¿Pero y si tenemos que pedir hora, como quien va al médico? Tal vez en las Rías Baixas, o en la costa de Levante, uno sabe desde que se levanta hasta que se acuesta que va a lucir el sol. Pero aquí, amigo, el día de playa va por barrios. Que en pleno agosto puedes asomarte a la ventana a las 9 de la mañana y decirte «nos vamos a la playa», y en cuanto acabas el desayuno se ha estropeado el día. Y al revés. Con el café en la mano, decides que esas nubes y ese viento fresquito van a dejar el Orzán como una tarde de octubre, y pasas por la ducha, preparas ropa para un paseo y le pones al crío pantalón largo. Y cuando vas a salir por la puerta, esto parece el Caribe. En una galaxia muy, muy lejana, la ciudad se dividía entre los ágiles que eran capaces de tener la bolsa de la playa, la sombrilla y a los niños untados de crema en cinco minutos en cuanto el día abría, y los de metabolismo lento, entre los que me incluyo, que pasaban el resto del día maldiciendo entre dientes y pasando calor.

Pero todo esto puede cambiar si tenemos que pedir cita para la playa. En este verano imposible de organizar, reservaremos con toda nuestra ilusión un ratito en el Matadero para el 20 de julio y descubriremos que no se para de viento en la playa. O nos fiaremos de la previsión del tiempo que nos dice que aquella semana viene agua, no pediremos cita, y serán los mejores días del verano. La ciudad se dividirá entre los suertudos que tengan cita el día de los 28 grados sin una gota de aire y los que pringuen con las nubes y el frío. Qué va a ser de esas tribus de arena y agua, los del moreno perenne, los bañistas con pase vip, los adolescentes con las hormonas al sol. Quién nos va a dar ahora la vez.