En Madrid llueve mal

En Madrid llueve a ráfagas. Con unas gotas demasiado gruesas, aparatosas, disparatadas. Esa no es manera de llover


Madrid no sabe llover. En Madrid llueve mal. Es una ciudad que no entiende de lluvia. Puede saber mucho de isobaras, de meteorología, de cambio climático, incluso de ciclogénesis explosivas y cadenas de borrascas. Pero de lluvia, lo que se dice lluvia, en Madrid andan muy justitos. En Madrid llueve a ráfagas. Con unas gotas demasiado gruesas, aparatosas, disparatadas. Esa no es manera de llover. La lluvia exige cierta delicadeza en las formas, una sutileza que encaja mal con una capital tan acelerada, tan atropellada, tan atascada. Con esas prisas y esos humos no hay quien llueva. Por no saber llover, Madrid ni siquiera llueve con ritmo. La lluvia debe emerger, como una orquesta sinfónica, desde lo más profundo para luego sostener la melodía durante seis o siete horas. O seis o siete días. O seis o siete meses. No se puede llover con improvisación, como si a uno se le acabase de antojar la lluvia igual que se le ocurre hacer un transbordo en el metro de Nuevos Ministerios. La lluvia es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los madrileños.

El jueves me fui a Madrid a ver cómo llovía y me senté en una esquina de la plaza del Rey a observar la caída del agua sobre los nativos. Primero me costó encontrar nativos, porque todos los que andábamos por allí éramos de algún otro lugar. Y luego me costó encontrar la lluvia. Era un desastre de lluvia. Una gota por aquí. Después otra gota por allá. En Madrid, la lluvia es un caos tan grande que ni las goteras ni los charcos están en su sitio.

Yo entiendo que en Madrid están muy ocupados con sus ministerios y su Estado. Pero a uno de Peruleiro le sangran los ojos al ver este estropicio. En Galicia llevamos lloviendo desde el Diluvio, desde que el maestro Mateo ponía las piedras a remojo en el Obradoiro para que el agua tallase ella solita la sonrisa del profeta Daniel, como para conformarnos a estas alturas con una lluvia que parece fabricada con botellines de agua mineral de importación.

Se comprende que el Estado es centralista por definición y que no puede estar a todo. Por eso, con este negociado de lluvias sería mejor que se hiciese lo mismo que con el antiguo Ministerio de Marina, que tenía sede en Madrid, pero luego no molestaba y dejaba que, a la hora de navegar, ya se las apañasen los gallegos con sus barcos y sus océanos. La lluvia no tiene ministerio, pero hay que descentralizarla igual. Porque si esto no se pone en manos de especialistas, luego pasa lo que pasa y tenemos unas lluvias impostadas, plagiarias, que parecen muy vistosas porque organizan unos atascos tremebundos, pero después se quedan en nada. Pura pirotecnia. Madrid está muy bien para hacerse rico o famoso, pero, para llover, llueve mucho mejor en mi barrio, donde el mar ronronea seis meses bajo el aguacero como si no hubiese un mañana.

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