La ruta del truco o trato en O Castrillón

Con un bofetón de realidad asumo que, sí, estamos en Halloween. O Samaín, para los que tiran por la vertiente autóctona


Leo en un foro para padres: «¿Alguien podría decirme la ruta del truco o trato de O Castrillón?». Y casi me caigo de la silla. Durante unos segundos me da una mezcla de mareo, ganas de hacer una captura al mensaje y desorientación total. Pero a los cuatro segundos espabilo. Con un bofetón de realidad asumo que, sí, estamos en Halloween. O Samaín, para los que tiran por la vertiente autóctona. Ninguno de los dos forma parte de mi infancia, ni de mi calendario de festividades inexcusables. No las tengo interiorizadas. Y, cuando veo a la ciudad entregada a las telas de araña, los gorros de bruja y las calabazas, no puedo más que soltar una pequeña sonrisa interna, a medio camino entre el viejo cascarrabias que empiezo a ser o el padre enrollado que suma un nuevo fin de semana divertido al carro de los fines de semana divertidos.

No es plan de ponerse antiglobalización o hacer una defensa de los valores patrios frente a la invasión de la cultura americana. Uso vaqueros, bebo cocacolas y escucho a Bob Dylan, como para ponerme tonto con el Halloween. Pero, al contrario que lo otro, esto me chirría, me suena a película ochentera yanqui y me obliga a la ortopedia de ajustarme a una fiesta que no siento. Es como ir invitado a una boda religiosa de una confesión que no es la tuya. Camino por las calles coruñesas y veo fantasmas, dependientas maquilladas como zombis, panecillos de color naranja y bolitas de chocolate con envoltorios terroríficos. En Internet todo son anuncios de fiestas de Halloween para niños. Y mis hijos me llevan pidiendo desde el lunes parafernalia de esa para el cole.

Antes, no hace mucho, en A Coruña Halloween era una fiesta de frikis fascinados con las pelis de terror. Salías de noche y aparecía por ahí una chica disfrazada como si fuera la niña de El Exorcista o un chico como un zombi salido del Thriller de Michael Jackson. Fue hace apenas un lustro cuando la cosa se salió de madre, se oficializo y, por supuesto, se comercializó. Ayer podía leer en una tienda del centro que hacían descuentos especiales por Halloween. También cómo los comerciantes de la calle de la Torre han diseñado su particular truco o trato. Y, por supuesto, las discotecas de la ciudad anunciando su jolgorios de miedo.

Todo sea por pasarlo bien. El miércoles, al volver del trabajo, me encontré con dos calabazas de papel colgadas de la puerta de mi casa. También dos fantasmas hechos con los tubos de cartón del papel higiénico. Me reí. Dentro me esperaba una calabaza vaciada, con ojos, boca y una vela dentro. Halloween para estos niños es como la Navidad. Y uno aún se acuerda cuando de pequeño le decían que Santa Claus no era de nuestra cultura, que aquí éramos de Reyes Magos.

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