Yo no soy de «Lacoru»

¿Dónde está exactamente ese lugar? ¿En qué coordenadas geográficas cae? ¿Quién es el responsable de ese topónimo deturpado?


Si hay algo que me pone enfermo, pero malito de llamar al practicante a medianoche para que me pinche algo que me devuelva la respiración, es oír cómo algunos llaman a mi ciudad Lacoru. ¿Dónde está exactamente ese lugar? ¿En qué coordenadas geográficas cae? ¿Quién es el responsable de ese topónimo deturpado?

En Lacoru vivirán, supongo, los que frecuentan esos locales donde, en lugar de desayunar, se digiere el brunch, y en vez de magdalenas, se comen cupcakes. Todo muy healthy y muy foodie, sí, pero no intentes hablar en inglés con esta xentiña, porque aquel día no fueron a pasantía y su pronunciación hace buenas las charlas británicas de Aznar y Botella en la intimidad.

Debe de ser, imagino, la urbe de las blogueras de moda, los influencers y los instragrammers que no paran de hacerse selfies en la plaza de Lugo y sus contornos. Es como si se fuese a acabar el mundo y necesitasen un último testimonio gráfico del momento antes de que todos nos reunamos en el valle de Josafat para el Día del Juicio Final.

Hay una Coruña falsificada, de cartón piedra, como aquellas sudaderas Adidas de juja que vendían en Santa Lucía, donde todos los iconos de la hostelería acaban de ser remodelados por el decorador de guardia. Un creador de espacios interiores, un paisajista de salón y un peluquero del alma, todo a la vez y por el mismo precio, que espera en la puerta del chill out para estudiar las reacciones sentimentales de los parroquianos cuando descubren que los bancos corridos de la pulpeira han sido sustituidos por unas sillas altísimas donde las piernas no encuentran acougo y las paredes de piedra vista son ahora paneles blancos e interactivos entre los que uno puede ejercer, sin complejos, un cosmopolitismo de pega recordando a sus conocidos que acaba de llegar de Heathrow (jizru) y que en Harrods (jarros) todo está por las nubes. Es todo tan aséptico que uno ya no sabe si está en un bar o en el nuevo San Rafael.

Cuando la guerra del topónimo, unos peleaban por La Coruña y otros por A Coruña. Y los de Peruleiro, que cuando nos asomamos a la esquina del paseo de Ronda adivinamos el mundo e incluso cómo va a quedar el Dépor esta temporada, nos mirábamos unos a otros con extrañeza, preguntándonos de qué carallo estaría hablando aquella gente. Porque en mi barrio, en 1976 y en el 2019, siempre hemos vivido en Coruña, sin artículos ni trapalladas.

Así que, cuando las hordas de la ñoñería invocan Lacoru en su ouija de Ottodisanpietro, yo cierro las orejas con mucho cuidado. Porque solo de oírlo, de tan empalagoso que suena todo, me sube el azúcar a los cielos de los análisis clínicos. Y me refugio en el último pipote del Sanín, donde la cursilería se evapora, como un vampiro, ante el bendito antídoto consagrado en los tercios de Estrella y las tazas de Ribeiro.

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