Sucedió este solsticio de verano, el día 21 de junio. Regresábamos de celebrar la fecha con una cena picnic en las rocas, al pie de la torre de Hércules. Era casi medianoche. El haz del faro barría el firmamento: cuatro destellos cada 20 segundos, el ritmo cardíaco de esta ciudad. Poco antes habíamos identificado sobre él varios astros y constelaciones.

Caminábamos casi en la oscuridad, todavía fuera del alcance deslumbrador de las farolas. Una lucecita minúscula llamó entonces mi atención desde la hierba. Me agaché a observarla. Se apagó, como si hubiera sido una ilusión óptica. O de otro tipo. Aguardé. Se volvió a encender. Avisé a mis amigos: ¡una luciérnaga!

Aquella criatura parecía haber pedido prestado un trocito de fulgor a cualquiera de las fuentes de luz que veníamos de contemplar. ¿Cómo debíamos interpretar aquel encuentro?

Yo me lo guardé. Como un regalo que desempaquetar más tarde, en casa.

Dentro había una historia. Contaba cómo el entorno de la Torre sigue aguardando su declaración como Espacio Natural de Interés Local por parte de la Xunta de Galicia.

Que en ese lugar viven más de 630 especies de flora y fauna. Que cada una de ellas es, a su manera, y como el resto de la biodiversidad, una luz que debemos aprender a utilizar para alumbrar una nueva y urgente relación con la naturaleza. Que de eso depende nuestro futuro. Y nuestro bienestar personal: la historia terminaba recordándome lo vivificado que regreso siempre de pasear por ese paisaje, tan necesario como la propia Torre para recordarnos qué somos, a qué pertenecemos.

Por Antonio Sandoval Rey Autor del libro «La Torre»

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Una luz muy viva