Abuela con nieta y mar al fondo

Una sentencia de la Audiencia coruñesa invita a reflexionar sobre el tiempo que los mayores dedican al cuidado de nuestros hijos

Monumento a los abuelos en Santa Cristina, Oleiros.
Monumento a los abuelos en Santa Cristina, Oleiros.

A Coruña

Playa de Santa Cristina. Ocho de la tarde a pleno sol. La niña es un terremoto. Brinca y da vueltas alrededor de toallas y bolsas con los brazos extendidos como si fuese un avión. Junto a ella está sentada su abuela. Intenta decirle algo, pero la niña no la escucha porque canta a voz en grito. De repente sale disparada como una flecha. Su abuela no quiere que se moje otra vez los pies en la arena húmeda. Va tras ella, pero ya no es lo bastante ágil para seguirle el ritmo. Pero la cría continúa con las alas extendidas y traza un recorrido en zigzag que permite a la mujer darle alcance a mitad de arenal. Vuelve con su nieta de la mano y la sienta con cariño en la toalla. La niña se parte de risa. Su abuela, también.

Desde el paseo contemplo la escena maravillado, pero me viene a la cabeza otro pensamiento: esa sentencia de la Audiencia Provincial que acaba de dejar a un coruñés sin la custodia compartida de su hijo porque lo cuidaban los abuelos.

En la playa, solo dos minutos de tregua. El terremoto, que creo entender que se llama Katy y que no debe de tener ni cinco años, arranca el motor, despliega las alas y al grito de «la venda ya cayoooó» despega otra vez en dirección al agua. Y allá va, detrás, su abuela para interceptarla en pleno zigzag. Más risas cómplices. Y a la toalla.

Nada que decir (retomo mis pensamientos) sobre la sentencia de la Audiencia. Faltaría más. Sus razones legales tendrá el juez para retirar la custodia en ese caso. Al parecer, el niño quedaba «de forma habitual y repetida» al cuidado de sus abuelos... Pero siendo así, no puedo ni imaginar la cantidad de padres que habrán pensado en las consecuencias que tendría para ellos un proceso de este tipo, en vista del número de horas que los mayores invierten en sus nietos. Porque, no nos engañemos, son ellos, básicamente, los que sostienen el precario sistema de conciliación de nuestra sociedad. Y lo hacen con absoluta abnegación y sin más compensación que el cariño de aquellos a los que cuidan.

Dice la sentencia: «Una cosa es que en casos puntuales pueda verse obligado [el padre] a pedir ayuda a los abuelos del menor para su cuidado, pero no que sean estos los que cuiden y se encarguen diariamente de su nieto». Y qué quieren que les diga, ni el más pintado puede evitar hacer cálculos…

Con todo esto en la cabeza, sin darme cuenta han pasado 20 minutos y cuento ya siete carreras por la playa de Santa Cristina. Seguro que Katy puede echar otras doscientas, pero de verdad, no sé cómo su abuela se mantiene en pie. Allá va otra vez, basculando su esforzado cuerpo de una pierna a otra. La niña se deja coger. Y ahí suben de nuevo hacia las toallas, abrazadas. Katy, muerta de risa. Su abuela -aún no me explico cómo-, también.

Por Alfonso Andrade Coruñesas

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