Las campeonas de Compañía de María

El profesorado de Infantil promovió un acto de reconocimiento para dos hermanas gemelas y con síndrome de Down por sus éxitos deportivos


Tengo la imagen grabada. Era la zona de estación de tren. El bus de mi cole se paraba en el semáforo. Al lado, lo hacía otro, un poco más pequeño. De repente, los mayores se ponían a vociferar. «¡Eh tú, mongolocho!», decía uno y hacía gestos de simio. Otro la emprendía a cortes de manga. Y otro se ponía a hacer posturas obscenas, tocándose los genitales. Todo ello en medio de un ambiente de fiesta agresiva, algo parecido a cuando los hinchas ultra de una afición se dedican a insultar a la otra. Al otro lado del cristal estaban varias personas con síndrome de Down saludando. Era el bus de Aspronaga. Por supuesto, nadie hacía ni decía nada. El calendario debía marcar 1983.

Esta macabra escena -que recordé muchas veces en mi vida y la puse como ejemplo de todo lo que se puede cambiar con educación- volvió a mí el pasado martes como algo que, definitivamente, ha quedado atrás. Ocurrió en el colegio Compañía de María. Dos niñas del centro, gemelas y con síndrome de Down, venían de ganar sendas medallas en un campeonato de gimnasia rítmica. Como siempre, llegaban al colegio con su madre, despreocupadas. No sospechaban nada de lo que iba a pasar.

El profesorado del centro tenía calculada su hora de llegada habitual. Sacaron al resto de los alumnos de las aulas para recibir a sus compañeras. Distribuyeron a los niños en un gran pasillo. Les pidieron que guardaran silencio. Una profesora esperaba en la puerta para avisar al resto de la llegada. Cuando se produjo, las saludaron con normalidad. Pero al pasar saltó la sorpresa: todos sus compañeros y profesores aplaudiéndolas. No entendían nada. En cuanto empezaron a corear un lema quedó descifrado el misterio: «¡Campeooonas, campeooonas! ¡Oe, oe, oe!»

Las dos se quedaron paralizadas. Entraron por el pasillo de honor hasta un banco. Al modo de podio, se subieron. Allí le dieron un ramo de flores y, asimilada la escena, levantaron los brazos. Convertían la condición de campeonas en un gesto triunfal. Se podía ver la emoción en su cara. Igualmente en el rostro de su madre, a la que se le saltaba las lágrimas. Los compañeros aplaudían, aplaudían y volvían a aplaudir. Las profesoras, responsables de todo, se sumaban a la fiesta. Y a mí, que la cosa me pilló por casualidad, no se me borró la sonrisa en todo el día.

Resulta impagable el trabajo de ese profesorado normalizando lo que otrora se apartaba. Es el mejor antídoto contra los horrores del pasado. Y contra algunos delirios eugenésicos del presente. No cabe duda de que educar es algo más, mucho más, que enseñar matemáticas o lengua. Allí no solo había dos campeonas de gimnasia rítmica. También había varias de educación, las que hacen que los niños sean mucho mejores.

Por Crónicas Coruñesas

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