Los mayores y las sillitas primero... o no

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

SANDRA ALONSO

Las sillitas de bebé son un incordio. Soberano. Esto es algo que parece que la gente olvida cuando deja de utilizarlas, y que desde luego ignora quien nunca las ha usado. Que debe ser lo que hace que nos encontremos coches en las aceras, en los pasos de peatones o donde se tercie y que a veces tengamos que oír que tampoco pasa nada por tener que bajar de la calzada. Y si pasa sin silla, imaginen con ella. Tal vez el olvido y la ignorancia son también las razones que llevan a algunos a hacerse los suecos en el espacio reservado para carritos en los autobuses. Que no es que sea sencillo, ¿eh? Hasta para escaquearse hay que saber. Una entra en el bus con más o menos habilidad. Como la gente maja también hace cola, con suerte alguien se habrá ofrecido a ayudar o la parada tendrá plataforma, cosa que siempre facilita la vida. Con menos suerte (y más frecuencia de la deseada) nadie te dejará subir primero, ni segundo, ni tercero... como si fueses a ocupar un espacio que no está ya reservado para ti y tu cativo sobre ruedas. Que digo yo, no sé, igual soy un poco simple, que si dejamos pasar primero a los que van con el incordio a cuestas igual entramos todos más rápido. Es una idea.

Los viajes en bus se han convertido en una sucesión de «perdone, ¿me deja pasar?», «disculpe, es que tengo que ponerme aquí», seguido de un puñado de «ay perdona, no te había visto»... oiga, ¿la silla tampoco? Menos mal que la criatura ha aprendido a decir «botón no» a voz en grito y así es más difícil obviar que eso que me traigo entre manos es una silla con un bebé y sí, tengo que ponerme aquí. Y es que una vez que has empantanado el pasillo despejando gente, después tienes que desalojar con cierto apuro a los que se han aposentado en ese mismo espacio reservado sin ninguna silla. Y cuando se apartan solo un poco, tienes que recordar que recomiendan poner el carrito a contramarcha y que sí, vas a ocupar casi todo el hueco.

Pero esto de la solidaridad con el que va cargado no solo se da en el bus urbano, no crean. Domingo pasado, estación de San Cristóbal. Viaje de vuelta de Santiago con dos sillas (sí, nos va la marcha). Última parada, así que no parece que haya que bajar como un relámpago para que no se vaya el tren. Pero qué importa. Atascados con la silla en la mano mientras baja medio mundo sin levantar la vista de suelo. Tapón en la puerta, porque al otro medio mundo no le queda otra que esperar. Insisto: ¿y si dejamos bajar primero al incordio con cuatro ruedas, no iremos todos más rápido? Igual me equivoco. Como cuando se ocupan los asientos reservados a mayores, embarazadas o personas con problemas de movilidad y después se mira por la ventanilla con cara de despiste cuando sube cualquiera de los afectados. A ver si cuela.