El club de los porrones en el embalse de Cecebre

Una bandada de aves moñudas inverna en las aguas de la presa de Abegondo


Cada vez que, como esta mañana, me acerco al embalse de Abegondo-Cecebre en busca de novedades pajareras, dedico siempre un rato a los porrones moñudos que pasan aquí estos meses de frío.

Me siento entonces como un ciudadano común contemplando las amenas y despreocupadas actividades de un selecto club, en este caso desde una distancia impuesta no por una valla y varios empleados de seguridad de gafas oscuras, sino por muchos metros de superficie líquida.

Es fácil detectarlos con los prismáticos. Aunque a veces se dispersan en pequeñas partidas, lo habitual es que permanezcan bastante juntos en el centro del brazo del río Mero, formando una apretada flotilla.

Si es la hora de su refrigerio, se sumergen una y otra vez bajo las aguas hacia las bandejas que sus camareros les han dispuesto en los fondos, repletas de delicatessen en forma de pequeños moluscos, crustáceos o insectos acuáticos, semillas y acaso hojas de ensalada subacuática.

Si ya han sosegado su apetito, navegan con refinada parsimonia sin rumbo preciso, con esa en apariencia innata distinción de la que se revisten los de vida desahogada, fruto del indudable disimulo de sus pasiones y ansiedades tras las máscaras de la flema la indolencia. 

Muy repeinados

Como un paparazzi fisgón, los enfoco con mi telescopio a fin de detectar con mejor detalle, en sus ademanes, cualquier síntoma que delate el tipo de discordias, rencores, recelos o envidias comunes a cualquier afectada sociedad de recreo integrada por más de dos miembros.

Me fijo en cómo los machos giran con frecuencia su cabeza para que la brisa juegue, como de manera casual, con las largas plumas que desde la cabeza, trazando media elipse, les caen hacia la nuca. Igual es que me empeño en buscar hipocresía y petulancia donde no hay más que próspera naturalidad, pero es que además me da la impresión de que con sus ojos de intenso color amarillo se vigilan unos a otros, calibrando la densidad, el brillo, la ductilidad o la gracia de las melenas ajenas en comparación con la propia.

Las hembras, de colores marrones, parecen ajenas a esa exhibición de donaires, pero sin duda no pierden ripio. Dentro de pocos meses tendrán que elegir, entre esos muchachos de esmoquin u otros que encuentren en sus residencias de verano en el norte de Europa, cuál será el padre de sus retoños.

Ellas y ellos, más de setenta, giran con lánguida elegancia sobre el reluciente piso líquido del salón de baile del embalse, y yo caigo en la cuenta de que en pocos otros lugares de Galicia es posible contar tantos porrones moñudos juntos. Este es, así, uno de los más exclusivos y a la vez nutridos de sus clubes en esta esquina de Iberia. Quizá cada primavera, de regreso en sus tierras natales, compartan con los congéneres que allí encuentren el recuerdo de las deliciosas veladas disfrutadas en invierno aquí. Lo harán, seguro, con esa candorosa jactancia capaz de provocar la peor envidia entre los de su posición.

Machos y hembras. Son muy fáciles de diferenciar. Los primeros son blancos y negros, y lucen en la cabeza una llamativa coleta que les cae hacia la nuca. Las hembras son de tonos marrones, con parte del rostro a veces blanco.

De muy al norte. No es fácil saber dónde habrán nacido los que invernan aquí. Las poblaciones más numerosas están desde Escandinavia a Rusia.

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