¿Bar o sala de estar en Monte Alto?

José y Begoña abrieron O Barqueiro al volver de Suiza «para que os fillos non tivesen que emigrar tamén»


«Soy muy de los bares a los que vas y está el dueño y te sientes como en casa». Esto le decía la hostelera coruñesa María Cancela (Mery Bristol) a Loreto Silvoso en este diario. Uno de esos locales es O Barqueiro, en el corazón de Monte Alto, que muchos días parece la sala de estar de la gente del barrio. Ocurría, por ejemplo, en la víspera de la fiesta de Todos los Santos: a eso de las diez de la noche una niña desplegaba sus juguetes sobre las sillas de una mesa; a su lado tres críos un poco mayores que ella jugaban con sus móviles. Al fondo dos abuelos tomaban un vino. En la esquina de una barra atiborrada clientes de mediana edad jugaban a los dados. Madres y parroquianos conversaban y fumaban en la puerta. Un marinero entraba y pedía una cerveza. Y las mascotas también tienen su hueco.

José y Begoña se multiplicaban para saludar, sonreír, servir y ofrecer pinchos. Iban y venían como llevan haciendo desde el día 1 de abril de 1995, cuando se hicieron cargo de un local donde el ajetreo es continuo de la mañana a la noche: «Pola tarde, de catro e media a cinco, está un pouco máis tranquilo», apunta José. Lo hace después de resumir un dilema al que se han enfrentado, y lo siguen haciendo, miles de gallegos: «Meus pais foron emigrantes; eu fun emigrante e vin para aquí para que os fillos non tivesen que emigrar tamén». Es algo que José Manuel Infante Araújo, nacido en la localidad que da nombre al bar, O Barqueiro, y que el próximo viernes cumple 63 años, ha logrado «e estou contento por iso, aínda que houbo momentos nos que parecía difícil». Tanto su hija como su hijo están trabajando. 

Heráldica de bar

Junto a una foto de O Barqueiro (Mañón) cuelga de la pared lo que el diseñador Pepe Barro llamó en las redes sociales «Heráldica de bar». El escudo cruzado por el azul y blanco de la bandera gallega no tiene coronas, ni leones, ni barras, sino botellas dibujadas y el nombre del local arriba y un apretón de manos abajo. «Iso é dos rapaces que tiñan un equipo de fútbol e gañaron eses trofeos», señala José antes de dar otra vuelta con la bandeja de los pinchos.

En uno de esos momentos de tranquilidad del local, que aprovecha para comer, este emigrante detalla como en 1962 su padre emigró a Suiza y nueve años después lo hizo su madre. «E no 72 marchei eu, nada máis acabar a escola. Tiña 15 anos. Alí case non deixaban traballar a esa idade e tiven que ir á embaixada e pedir o certificado de que xa acabara a escola». Empezó en la hostelería, luego vino a hacer la mili y acabó trabajando en una fábrica «que era unha cousa mellor». Así pasaron 23 años. 

En Suiza José conoció a Begoña Dubra Ramos, también emigrante y natural de A Laracha, se casaron en 1985 y tuvieron dos hijos, «os dous nacidos en Suíza». [A Begoña no le gustan las fotos, ni salir en el periódico, y, sonriendo, dice que desde la boda nunca les hicieran tantas]. 

Cuatro potas de callos

Al volver de Suiza se hicieron cargo del bar. Primero estuvo solo José, pero el aumento de clientela hizo que se sumara Begoña. Ahora es lugar habitual de la gente del barrio «pero veñen de moitos sitios e vén bastante xente nova». Lo achaca a la comida casera y los fines de semana a los callos, «ben, os garavanzos que eu fago ao meu xeito, como me ensinou miña avoa Dorinda». De niño, cuando ella se iba «á terra» le dejaba instrucciones para hacerlos. «Empecei cunha pota de dous quilos e agora son máis de 30 quilos que fago en catro potas. Pero o domingo á unha da tarde xa non quedan».

Un cliente resumía así su opinión de este local: «Auténtico. De los que ya quedan pocos».

Ascensorista en el portaviones Dédalo

«Foi unha experiencia fenomenal coa que eu nunca contara e teño moi bos recordos». Así califica José Manuel Infante los 18 meses de su servicio militar. Estuvo embarcado en el portaviones Dédalo, «que agora xa estará despezado» y eso le permitió viajar a Estados Unidos, donde «estivemos dous meses e medio». Fue cuando «trouxemos os seis primeiros avións Harrier para España». De todos modos, se ríe al explicar que su ocupación no era complicada, ya que «estaba destinado nos ascensores. O barco tiña como dúas plantas e cando dicían que había que subir ou baixar aí estaba eu. Así que pasei unha boa mili lendo libros e revistas».

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