Por qué también somos del St. Pauli


En esto del fútbol los coruñeses somos algo polígamos -o golfos, vaya-. Aunque solo tenemos un único amor verdadero y para siempre -hasta que no haya nada-, que es el Dépor, luego si escarbas un poco todo el mundo tiene un par de amantes futbolísticos a mayores. Unos son del Barça, otros del Madrid e incluso del Atleti, de la Real, del Betis o del mismísimo Athletic de Bilbao. De hecho, hasta no hace tanto, A Coruña era una ciudad madridista hasta las cachas. El Teresa Herrera era el torneo donde el Real presentaba sus fichajes de verano -Prosinecki y tipos así- y la grada, con el Deportivo deambulando entre Segunda y Segunda B, era más bien merengona. Eso se acabó con nuestra generación, la de la grada Especial Niños. Y, como en buena parte de España, floreció el antimadridismo. Del Bosque, que vivió aquel cariño como jugador, se sorprendió mucho cuando regresó como entrenador y se encontró una afición más bien hostil con los blancos. Y eso que don Vicente siempre nos ha caído bien. Incluso antes del Mundial de Iniesta.

Así que hay muchos coruñeses que, además de deportivistas hasta el tuétano, son de otros equipos. Algunos locales, como el Sin Querer o el Sporting Coruñés, y otros de mucho más allá, como el Milán o el Ajax. Luisito Suárez -el de verdad- es un gran modelo de esta poligamia sentimental y futbolera. Fue sucesivamente del Perseverancia (de la calle Santo Tomás), del Fabril, del Dépor, del Barça y del Inter de Milán. Yo también confieso que sigo la estela de Suárez Miramontes porque soy, por ese orden, del Fabril, del Deportivo y del Barça. Será porque Luisito era vecino de mi padre, en el cruce de las entonces calle Hércules (hoy avenida) y Modesto Barcia (ahora Ramón del Cueto). Mi padre, que también era de 1935, vivía en la última casa de la cuesta de Ramón del Cueto y Suárez justo enfrente, en la casita donde hoy brilla una placa que lo define como «o arquitecto do fútbol».

Pero el segundo club de todo coruñés debería ser el F. C. Sankt Pauli de Hamburgo. Porque el St. Pauli es, después del Dépor, el equipo más hermoso del mundo.

También es un club de barrio, en este caso de la zona portuaria de Sankt Pauli, por donde caen las casas de putas, los bares y locales okupas de la Hafenstrasse. Un equipo que anda siempre entre la Bundesliga y Segunda y con una afición contracultural y antifascista. Además, el St. Pauli salta al campo con Hells Bells, de AC/DC, a todo volumen por megafonía y, cada vez que mete un gol, el estadio Millerntor vibra con Song 2, de Blur. Y, por si todo esto no fuese suficiente para amar al Sankt Pauli, resulta que en su bandera ondea una calavera sobre dos tibias cruzadas. Exacto. Como la calavera y las tibias de Gerión que lucen bajo la torre de Hércules en el escudo de A Coruña. Pero cómo no vamos a ser del St. Pauli.

Por Luís Pousa Coruñesas

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