Aquí Weequahic se llama Peruleiro


Cuando, en junio de 1986, falleció Jorge Luis Borges, un diario argentino tituló en primera: «El Nobel se queda sin Borges». Lo mismo pensé yo la semana pasada cuando se murió el escritor norteamericano Philip Roth: «El Nobel se queda sin Roth». Tampoco importa demasiado porque los más grandes autores del siglo XX -Franz Kafka, James Joyce y Marcel Proust- tampoco lo ganaron.

El sábado pasado, Paco Sánchez escribió por aquí una fabulosa columna en la que también se acordaba de Philip Roth:

-Los que conocen a fondo su obra subrayan la omnipresente referencia al barrio de Weequahic, en Newark, donde fue criado con el esfuerzo de un padre gestor de seguros y una madre que abandonó su trabajo de secretaria para dedicarles todo el tiempo a él, a su hermano y a su padre. Dicen que para Roth esa época de aspiraciones, caracterizada por la frugalidad y el orgullo, significó siempre un edén al que quiso regresar a menudo a lo ancho de toda su obra. Otra vez esa lucha, la más hermosa del mundo, porque se manifiesta con la naturalidad fuerte y la sencillez purísima del amor.

Tal cual. Roth siempre volvió a Weequahic, en Newark. Solía explicar que al otro lado del río Hudson estaba Nueva York, pero que entonces Nueva York estaba tan lejos de Newark como Nueva York de Europa. Regresó a Weequahic hasta en su última novela, Némesis, escrita en el 2010, justo dos años antes de que decidiese abandonar la literatura para siempre. Un día del 2012 anunció que ya estaba bien y pegó un post-it en la pantalla de su ordenador: «La lucha ha terminado».

Pero antes del fin, en Némesis, Roth viaja por última vez a Weequahic y relata los estragos de la polio en el barrio en el verano de 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, y la batalla del joven monitor Bucky Cantor por salvar a sus alumnos de la epidemia.

Por eso me he acordado de Philip Roth. Porque, como contaba Paco Sánchez, algunos crecimos así, en nuestro Weequahic coruñés, con el esfuerzo de nuestros padres en tiempos de frugalidad y orgullo.

Y cuando murió mi padre, cuando yo tan solo tenía diez años y mi madre se quedó viuda con tres hijos menores de edad, la frugalidad y el orgullo fueron todavía mayores, porque, como bien dice Paco, se redobló otra vez «esa lucha, la más hermosa del mundo, porque se manifiesta con la naturalidad fuerte y la sencillez purísima del amor». Por eso yo también vuelvo siempre a mi Weequahic, que se llama avenida de Peruleiro, y recuerdo a Philip Roth contemplando Manhattan en la otra orilla del Hudson como yo observaba, al otro lado del paso de cebra, los chalés de Ciudad Jardín. Pero quién quiere ser de Manhattan o Ciudad Jardín pudiendo ser de Newark o Peruleiro.

Por Luís Pousa Coruñesas

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