La heroína que nos devolvió a los ochenta

.JERINGUILLAS EN UN EDIFICIO ABANDONADO DE PALAVEA
JERINGUILLAS EN UN EDIFICIO ABANDONADO DE PALAVEA

Justo en el día en el que todo el mundo hablaba de la serie Fariña, este periódico publicaba un reportaje de esos que pone sobre la mesa algo que nadie quiere ver. «El fin de la imagen devastadora de la heroína favorece la vuelta al consumo», rezaba el titular. Dejaba mal cuerpo. A mí no se me fue en todo el día, al menos. Porque sí, ese parecía un problema superado o, en el peor de los casos, residual. Pero cuando los usuarios de la Asociación Ciudadana de Lucha contra la Droga (Aclad) advierten que se encuentran a chavales de entre 20 y 25 que fuman chinos todo cambia. Se enciende la alarma. Y se recuerdan tiempos peores.

La idealización de los años ochenta pronto se quiebra en cuando se menta la palabra: heroína. Ahí se termina de golpe el entusiasmo por los neones, los Lee elásticos y los Yumas de triple raya naranja. En esta ciudad, como en todas, el caballo causó estragos. A mi generación no le tocó directamente como consumidores. Salvo alguna excepción, quedamos lejos. Sí afectó a la de nuestros hermanos mayores. Muchísimo. Hay colegios en los que puede coger una fotografía de la clase del 84 y, a continuación, empezar a tachar rostros como en el tristemente famoso equipo de fútbol de Dejadnos Vivir de Vilanova de Arousa.

En el barrio en el que crecí yo, los Mallos, ocurrió eso. De pronto, llegabas del colegio y en un portal podías ver a jóvenes pinchándose en un portal. De pronto, algunos locales de hostelería trabajaban con la llave en la puerta y solo te abrían si eras conocido. De pronto, en casa no te dejaban bajar a la calle y te hacían vivir en una especie de arresto domiciliario permanente. De pronto, la palabra camello se hizo tristemente común y se empezó a aplicarse a mayores que conocías. De pronto, las calles se llenaban de yonkis acelerados dando el palo. De pronto, los protagonistas de todo eso eran los compañeros de clase de tu hermano mayor, los mismos que más tarde fueron cayendo poco a poco como un macabro dominó. La situación duró hasta bien entrados los noventa, dejando cicatrices terribles.

Decía antes que a los de mi quinta, al ser pequeños, la heroína nos pasó de lado. Aunque hubo alguna excepción. Como la de aquel chaval un par de años mayor que yo con el que jugaba al fútbol y hablaba de heavy en la plaza de la calle Monforte. Le dejé de ver unos meses. Hasta que un día, en la calle Oidor Gregorio Tovar, dos quinquis se acercaron a mí para atracarme. Me di cuenta que uno de ellos era él. Él no de que era yo, al principio. Pero cuando me miró se quedó paralizado, con una sonrisa entre la torpeza y la vergüenza. Se fue sin decir nada. Y no lo volví a ver más.

Hacía tiempo que no pensaba en aquello. Ojalá que no tenga (tengamos) que hacerlo más. Ni sumar recuerdos similares.

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