Fue algo tremendo. Descolocó a nuestros padres totalmente. De repente, al lado de las máquinas de mandos o petacos (no me seas flipado, que en los ochenta nadie las llamaba pimball) aparecieron las de marcianitos. Se trataba de videojuegos primitivos, pero fascinantes. Atrapaban a la chavalada en los bares como insectos ante la luz, justo cuando las máquinas de discos (no, tampoco nadie las conocía como jukebox entonces) empezaban a perder fuelle. Quien tenga más de 40 años supurará nostalgia ante nombres como Space Invaders, Galaxian o Moon Cresta, que respondían a la fórmula del matamarcianos. Pero también había otros legendarios como Pac-Man, Super Mario Bros o Donkey Kong.

Querido lector, ¿no escuchas en tu cabeza la sirena del Comecococos? Aquel soniquete convivía en los bares de barrio con los claretes, los meñiques de uña larga y los desnudos del Intervíu. Ibas a ver a tu primo a Eirís y te llevaba a la maquinita que había allí. Venía él a los Mallos y lo llevabas a tuya. De pronto aquellos jovenzuelos con pantalones Lois y zapatillas Yumas (con triple raya naranja) tenían un sitio en el local, más allá de la partida de Tute o las discusiones de política. Era recibir la paga e ir corriendo a viciar a la maquinita. ¿Las reglas? Lo que te iba diciendo el que controlaba. Sí, siempre había un tipo por allí dispuesto a pasarte la pantalla para que no perdieras una vida.

El sumun se encontraba en las salas de juego. Si en el bar había una máquina, ahí había un festival. Existía, en los primeros ochenta, un paraíso particular en la calle de la Estrella. Allí se localizaban Estrella Park y Las Vegas. Tenían todas las máquinas guais. Más allá del Comecocos, podías ver la del Hyper Olimpic, el Pole Position y, ¡buah!, el Dragons Liar. Este última, en dibujos animados. Si en las otras la partida costaba 25 pesetas, esta creo que era 100. No te atrevías a jugar a él. Cuando alguien aceptaba el reto, la sala se paralizaba. Todo el mundo quería verlo.

Muy cerquita se encontraba Os Palleiros, a donde se iba al salir del Cine Coruña. Y también había paradas míticas como Wall Street, en Durán Loriga, o en la plaza de Maestro Mateo. Pero, sin duda, la sala que se impuso avanzada la década fue Río, en Linares Rivas. Acogió máquinas más sofisticadas como el Out Run (que tenía asiento de coche y volante) o el Operation Wolf (con una ametralladora apuntando a la pantalla en plena selva). El éxito de la sala fue tal que, en los primeros noventa, pasó a ser unos de los puntos de encuentro por excelencia entre unos adolescentes que, entre partida de Tetris y partida de Street Fighter, se fueron haciendo mayores. Todo evitando al inevitable quinqui que siempre aparecía por allí para dar el palo.

Autor Javier Becerra coruñesas

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¿Una partida al «Out Run» en Río?