Las cortinas del rock se abrían en Punto 3

Javier Becerra
Javier Becerra CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

Fachada de Punto 3 con el rótulo de Gran Casino La Granja, su nombre original
Fachada de Punto 3 con el rótulo de Gran Casino La Granja, su nombre original No disponible

12 ene 2018 . Actualizado a las 12:43 h.

Hemos hablado muchas veces de discotecas míticas coruñesas. Que si Pachá. Que si C’assely. Que si La Real. De una u otra manera todas competían por atrapar al público más acicalado. Ponían la música de moda. Acogían a la chavalada de moda. Y aspiraban a ponerse de moda. Cuando quedabas ahí atrapado, en plena adolescencia, parecía que no había otra cosa. ¡Y la había, vaya si la había!

Con todas paradas previas pertinentes (un bolo garajero en el Playa Club, unas cervezas en el ZYX al ritmo de David Bowie, una parada en aquel Duo Duo que luego se llamaría El Caimán), la mayoría de los caminos de los inadaptados conducían a un sitio: Punto 3. La primera vez que fui, en 1992, me guiaba el corazón. Me gustaba una chica. Iba allí. Fui con ella. Al llegar, sobre las cuatro de la madrugada, apareció la sorpresa: dentro estaba su madre. «¿Cómo? ¿Que está tu madre aquí?». Pues sí, se encontraba allí escuchando el Born to be Wild de Steppenwolf con estilazo y actitud.

 Me quedó claro desde el primer momento que lo de Punto 3 iba a ser muy distinto. Oscuro y roquero, imponía un poco al principio. Veías allí de copas a los seguratas que contrataba el Ayuntamiento para los conciertos. Sí, los que te causaban temor desde crío. Había gente de lo más variopinto. Unos pocos siniestros. Unos pocos punkis. Unos pocos heavies. Entonces el rock todavía transmitía peligro y aquello era un local de rock hasta las cachas. Una vez, en carnaval, el pincha se dejó llevar y puso Carnaval, carnaval, te quiero. Desde la pista unos cuantos empezaron a silbarle. Otros a insultarle. Se palpaba la tensión. Uno lanzó una botella. Se cortó la canción de cuajo. Sonó la guitarra del Highway to Hell de AD/DC, la gente se puso a aplaudir y todo volvió a la normalidad.

 Punto (sin el «tres» para los habituales) era así. La gente acudía allí a escuchar guitarras y a envolverse en un ambiente mucho más liberal y menos cargado de la hipocresía bienpensante. Una suerte de vive y deja vivir dentro de unas reglas y al son de temas como A Good Idea de Sugar o aquel Hard to Handle versionado por Black Crowes. A veces había roces. Y se montaba la marimorena. Otras, el lío estaba fuera, con las cajas de fruta del mercado de San Agustín como arma arrojadiza. Todo mientras una pareja se dejaba llevar por la pasión en los soportales, ajena a todo.

Por allí te encontrabas a los integrantes de Las Mandrágoras, Los Eskizos o Arde Siberia. También a Los Enemigos, los Deltonos o Sex Museum cuando hacían escala coruñesa en sus giras. Se trataba del destino final de una manera de sentir la vida donde florecían muchos mitos. Aprovecho para preguntar por uno de los más extendidos: ¿Es cierto que una vez se lanzó un tío desde el piso de arriba a la pista en plan Quadrophenia? ¡Quién sabe!