Siempre es desagradable el insulto. Zafio y denigrante, rebaja la categoría del otro por medio de la humillación. Aún es más desagradable en presencia de niños, durante una actividad formativa como el deporte. Y peor todavía cuando viene de padres que pierden los papeles en presencia de sus hijos.
Lo que voy a contar sucedió el fin de semana pasado en un partido de fútbol de benjamines disputado en la Torre por críos de 8 y 9 años. En estos encuentros el árbitro tiene serias dificultades para realizar su labor. No cuenta con asistentes que le ayuden en las bandas, por lo que el fuera de juego se pita por aproximación y el límite entre el interior y el exterior del área tiene un margen de error de varios metros. Además, muchos colegiados son inexpertos chavales, aunque en este caso se trataba de un adulto.
Todo se enrareció cuando el árbitro señaló un penalti a favor de un equipo y, poco después, no pitó otro que beneficiaba al adversario, que iba perdiendo. La reacción de algunos padres ante el error (o no) del juez fue bochornosa. «¡Árbitro, eres un burro!», «¡árbitro, borrico!», gritaban desde la banda varios individuos ante la sorpresa de los futbolistas; entre ellos, sus propios hijos.
Alguien podrá pensar que fue un episodio anecdótico, sin mayores consecuencias… Pero hay un problema, que los niños aprenden de los padres por imitación. Cuando menospreciamos, aprenden a menospreciar. Cuando insultamos, aprenden a insultar. Cuando gritamos, aprenden a resolver los conflictos a gritos. La actitud en el fútbol de algunos progenitores aniquila los valores más interesantes del deporte: el aprendizaje, la transigencia, el respeto de los chavales… Por sus compañeros, por sus adversarios, por ellos mismos, por el entrenador y por el árbitro, del que es imprescindible que entiendan que acierta y se equivoca. Como todos.
Realizarse a través de los hijos depositando en ellos infundadas y absurdas esperanzas genera frustración cuando esas esperanzas se esfuman, que es casi siempre. Y esos procesos mal resueltos por los adultos repercuten en los chavales, obligados a asistir a demostraciones de ineptitud que, por desgracia, no son inusuales en los campos de la Torre.
¿La solución? Un entrenador con dos dedos de frente y que entienda que tiene una responsabilidad educativa seria puede hacer mucho en casos como este. Basta con que pida respeto y predique con el ejemplo. ¿Qué hizo el técnico el fin de semana pasado? Sumarse al esperpento con gritos y gestos violentos que pusieron al árbitro en una situación muy incómoda y que contagiaron a los niños el germen que socava los cimientos del deporte, es decir, de la sociedad.