María Rego es la matriarca de una familia de la comarca de Noia en la que conviven cinco generaciones. La última incorporación al clan llegó hace casi dos meses

NOIA / LA VOZ
06 sep 2017 . Actualizado a las 21:39 h.

En un contexto en el que la media de edad de las españolas en el momento de tener su primer hijo no para de aumentar, aparecen ejemplos de mujeres que rompen todas las estadísticas y forman una gran familia que no entiende de abismos generacionales y que, eso sí, es una rara avis en el panorama actual. María Rego, vecina del lugar de Camboño, en el municipio de Lousame, es, a sus 91 años, la matriarca de un núcleo familiar formado por nada menos que cinco generaciones. Hace cerca de dos meses se convirtió en tatarabuela de una niña, Andrea, que vino a completar una línea sucesoria en la que, por cierto, todas son mujeres.

María acusa los achaques propios de la edad y, aunque goza de buena salud, sus piernas hace tiempo que no responden como deberían y a veces afloran lagunas en su memoria. Pero lo que se dibuja en su cara cuando ve a la pequeña Andrea es una gran sonrisa. Y no es para menos, porque estuvo cerca de no llegar a conocerla: «Aí atrás estivo mal unha temporada, pensamos que non ía chegar a tataravoa, pero aquí está, feita unha leoa». Quien habla así es su hija, Margarita Carballo, que a sus 69 años es la orgullosa bisabuela de Andrea. Mientras la sostiene en brazos habla de su precoz maternidad, con apenas 20 años: «Os fillos son a felicidade dunha persoa, isto é ata que morras».

Lo dice una mujer que fue abuela con 38 años, una edad a la que muchos todavía se están estrenando en la paternidad. Pero en esta familia de la comarca de Noia siembre han tenido bastante prisa por convertirse en madres. «Antes era máis normal ter fillos tan novos», cuentan.

María José Ferradás Carballo, que suma 49 primaveras, es la hija de Margarita y dio a luz a Yolanda Nieto sin haber cumplido la veintena. Recuerda cómo fue la reacción de sus padres: «Non foi unha gran alegría para eles, pero tampouco un desgusto». Eso sí, reconoce que a ella no le habría gustado que la hicieran abuela tan pronto: «Se a miña filla ten unha nena con 19 anos a min dáme algo».

Yolanda es la única que se tomó con calma la aventura de la maternidad. Tenía 29 años cuando vino al mundo Andrea, la quinta generación. «Estraguei eu a media da familia», comenta. Lo dice en broma, pero tanto su madre como su abuela reconocen que la verdad «é que xa nos tardaba en chegar a pequena».

Estaban impacientes, y eso que, aunque no fue tan precoz como sus predecesoras, la edad a la que Yolanda se convirtió en madre sigue estando por debajo de lo que dictan las estadísticas. Su hermana tiene 27, pero no parece dispuesta a seguir sus pasos a corto plazo para convertir de nuevo a María en tatarabuela.

Esta, de momento, se da por contenta con la pequeña Andrea, un nombre con el que, por cierto, no comulgaba demasiado al principio, y con los cinco nietos y seis bisnietos que completan un árbol genealógico en el que es fácil perderse.