Cuando te piden por 83 metros cuadrados en el centro de la ciudad mil euros de alquiler, solo quedan dos opciones: desearle buena suerte al dueño, o agarrarte al primer clavo ardiendo que encuentras. Y si el clavo es en el Parrote, mide 127 metros, y ronda los 700 euros al mes, ¿a quién le importa que arda?
Es como el mito de los viajes a 20 euros. Todo el mundo conoce a alguien que conoce a alguien que una vez se fue a Roma cinco días y pagó menos de cien euros. Y la Fontana de Trevi le hizo la ola. Pues esta es la versión inmobiliaria. La leyenda urbana del piso perfecto: una amiga de una amiga de una prima alquiló una auténtica ganga con vistas al mar, plaza de garaje, muebles de diseño y calefacción incluida por 400 euros. Un chollo. Y en la puerta de al lado vivía el amor de su vida. Y en el jardín de la azotea hay unicornios. Más o menos.
El del Parrote no tiene unicornios, pero casi. Tres habitaciones, dos baños, ventanal sobre el mar, ¡dos plazas de garaje! y un «inmobiliarias abstenerse» en mayúsculas. Y contestas. Porque sabes que es una farsa y la curiosidad por saber cómo te van a vender la burra te las puede. ¿Que es imposible? Lo sabes desde la primera y maravillosa foto. Pero después de los 83 metros cuadrados a mil euros, una necesita un poco de comedia inmobiliaria en formato digital.
La primera respuesta llega en forma de sms, con un correo electrónico para pedir más información. La segunda respuesta es uno de los mejores correos de mi bandeja de entrada. ¡Hay hasta una mujer a punto de parir! Y unas bonitas faltas gramaticales provocadas por algún traductor cutre que deja claro que el email viene de un poco más allá del Pasaje.
Hace unos años tocó uno de Grecia. Este es de Alemania. O al menos allí reside la feliz futura madre, a punto de parir y que no está para andar enseñando pisos, claro. Para ella compraron los padres un pisazo en el Parrote, para que estudiase cómoda la niña, con vistas al mar y cocina de diseño para los espaguetis con atún de primero de carrera.
Como lo de visitar el piso está complicado y el abuelo tampoco está por la labor, lo mejor es que ingreses el primer mes y otro de fianza. Y ya después te llama un agente de Airbnb y te da las llaves. Y llega el matarile rile rile, claro. Es el último grito en intentos de timos: pasar de plataformas de pago desconocidas a usar algo tan habitual como Airbnb como gancho.
¿Que esto solo pasa en Madrid o Barcelona? Otra leyenda urbana. Los pisos fantasma están en todas partes. En pleno centro, oiga, con todas las comodidades. Supongo que a estas alturas del cuento ya habrá parido la dueña. Y que está deseando enseñarle el pisito al cativo.