La ley de la botella y la ley del vaso


Plaza de San Cristóbal, 6 de enero. Javi estrena el balón que le acaban de traer los Reyes en un vibrante partido con sus amigos. Uno de los chavales chuta con fuerza y la pelota sale despedida hacia la calle. Los demás proclaman a coro: «¡La ley de la botella, el que la tira va a por ella!». Existe desde tiempos inmemoriales un fútbol con normas propias, un balompié genuino de plaza y parque que se transmite de generación en generación y que sigue vivo. En la variante coruñesa, como es sabido, cinco saques de esquina equivalen a un penalti (o a un gol, según los barrios), la intensidad del juego se pacta antes de los partidos: «No vale furar», las alineaciones permiten la exitosa figura del portero-delantero y el arbitraje se resuelve desde hace décadas con un sistema similar al de los jueces externos con que experimenta hoy la FIFA, pero sin cámaras:

-Mamá, ¿a que ha sido gol?

-Ehhh... claro, hijo, gol.

-¡Ves, Luis! 1-0.

La ley de la botella se remonta en Coruña a los albores del deporte rey. El que echa el balón fuera corre a buscarlo. Esta regla funciona de maravilla... durante la primera media hora de partido, cuando, pletórico de fuerzas, el futbolista galopa tras el esférico casi por inercia. En cambio, cuando la adrenalina empieza a flojear entra en juego la ley del vaso: «El que la tira no hace caso», frase que salta de los labios cual resorte, como antídoto de la ley de la botella.

Esto ha tenido sus consecuencias en el fútbol profesional de nuestra ciudad. El «non chego» de Chacho cuando abortaba su carrera por la banda, el «¡ay, Chachiño, si tú quisieras!» y, más tarde, el «¡ay, Lechuga, si tú quisieras!», que acuñó con éxito el cronista Marathón, son reminiscencias de la ley del vaso, que moldea el perfil clásico del jugador coruñés: fino, con clase, pero un pelín indolente.

La pachanga de los amigos de Javi en San Cristóbal demuestra la pujanza que conserva el fútbol de barrio, con sus normas ancestrales intactas, aunque algunas cosas sí que han cambiado: las ordenanzas municipales extirparon de las plazas (salvo excepciones) las cacas de los perros. Es mucho más higiénico, claro, pero por otra parte, sin el entrenamiento de esquivarlas se pierde la habilidad para el regate que los coruñeses adquirían antaño; una escuela que ha alumbrado extraordinarios jugadores de banda, de esos de pelota pegada al pie, como Tino o el propio Chacho... Esto explica que el Dépor tenga que fichar ahora a sus delanteros en Holanda, donde se ve que las cacas de los chuchos no se recogen con bolsita. Y que no me digan que sus hábiles futbolistas son también indolentes, que nuestra entrañable ley del vaso, por ahora, no ha llegado tan lejos.

Por Alfonso Andrade

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