Una gotera monumental


Las goteras tienen mala fama. Pero no todas las goteras son iguales. No tiene nada que ver una gotera de interior -esa que cae desde el piso superior exactamente sobre tus libros favoritos, con una obstinación realmente admirable- con una gotera a cielo abierto, como esa gotera que hay en todos los soportales cuando llueve y que al pasar tiene la puntería de colarte un chorro de agua helada justo por el cogote.

Si A Coruña fuese una ciudad respetuosa con su pasado, hace tiempo que habría declarado algunas de nuestras goteras patrimonio histórico del municipio. Porque está muy bien proteger edificios, iglesias, árboles y cruceiros frente a la especulación urbanística, ¿pero quién protege a las goteras de que algún desalmado venga y las arregle? ¿A quién reclamar luego si Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, amañan una gotera alimentada con lluvia que data del Imperio romano?

Si algún día la ciudad entra en razón y el pleno municipal se decide a declarar monumento protegido sus goteras, habría que empezar por dar título de patrimonio de la humanidad a la gotera del estadio de Riazor. Cuando uno baja por la avenida de La Habana hacia el mar sabe que, aunque lleve tres o cuatro meses sin llover, al llegar a la altura de las puertas de Preferencia se encontrará con una gotera maravillosa que cae a plazos sobre los paseantes desde hace treinta años. Da igual el tiempo que haga, la gotera monumental de Riazor es muy cumplidora y siempre, día tras día, riega la acera y sus ginkgo bilobas de hojas amarillas.

La gotera de Preferencia lleva ahí desde el Mundial 82 y ya ha visto ganar al Deportivo seis títulos. Casi nada. El agua se acumula en la cubierta y luego va cayendo durante días, semanas, incluso meses o años. Para los vecinos del barrio la gotera ya es de la familia y la saludan con mucho cariño siempre que suben o bajan la avenida. Hasta hay nativos que se ponen tiernos con las gotas que caen y las bajan de paseo a la playa, subidas a su hombro como el loro de John Silver, para que vean el mar, o sea, el mundo, y luego al regresar a casa las traen de vuelta a su charco, con los suyos, para que no extrañen.

Tener en la ciudad una gotera que lleva pingando desde 1982 es un prodigio para sacar pecho, pero sobre todo para blindar la gotera frente al daño irreparable que supondría que alguien la reparase. ¿Qué pensarían los sabios futboleros de Preferencia superior, e incluso los de Preferencia inferior, si llegasen un día al estadio y Riazor no les duchase con su lluvia histórica antes de pasar el torno?

La gotera de Riazor es nuestra gota malaya, tozuda e implacable, y está ahí para recordarnos que somos una ciudad donde llueve en diferido desde hace 34 años.

Por crÓNICAs Coruñesas

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