A la Marina le hace falta terapia de pareja. No lo digo yo, no. Un psicólogo alertaba ayer en Radio Voz de que no hay peor situación para una pareja que estar en el medio. Nin arre nin xo. Si una pareja a medio gas necesita terapia, un espacio peatonal-o-no-o-depende-o-según-se-mire, también.
Que se nos echan a correr los niños, tan contentos, y hay que mandarlos parar a gritos que vienen coches. Y los mayores miramos a los lados un poco aparvados, ¿pero esto no era peatonal?, pregunta un amigo mientras espera en el paso de cebra. En realidad no. En realidad es zona preferente para peatones. O sea, que depende.
Las medias tintas las carga el diablo. Tanto, que después de cinco meses de período de gracia, desde ayer el que se pase de listo, paga. Porque sí, aún hay quien se pasa de listo y, como contaba ayer un agente en la radio, esquiva descaradamente una señal de dirección prohibida para colarse. Pues ya no. Sonaba a canción de María Jiménez, aquello... se acabó (redoble) porque yo me lo propuse. Habrá cámaras anti listillos y habrá sanciones. Y la superficie quedará para quien tiene que quedar, además de para el sufrido semi peatón. Que el servicio público necesita un espacio de circulación, solo faltaría, y que los residentes necesitan llegar y salir de casa, también. Y los usuarios de los buses llegar a su destino. Pero al final, parece que peatones, residentes, buseros, taxistas y hasta las gaviotas estamos como aquella compañía de cómicos, en un viaje a ninguna parte. Si planificas a medias, así te quedas. Hace falta valor para cambiar paradas, rutas, aparcamientos, y hasta voluntades y costumbres.
Pero de momento, todo parece a medias. Los locales del Parrote que no tienen quien les quiera. La Dársena, con zurcidos, la peatonalización, los túneles y sus gálibos. Y hasta nuestro descaro para saltarnos las señales. Total, un coche más no se nota. Será que si planificas a medias, así te quedas. Porque los proyectos urbanísticos tienen una vida curiosa, son como la energía, que ni se crea ni se destruye, ya saben. Solo que en vez de transformarse por obra y gracia de las leyes de la Física, parecen cambiar al ritmo que le marcan los gobiernos. Leo una noticia de hace unos años en la que un alcalde de la ciudad decía sobre el tema que «tenemos que saber lo que queremos». Acabáramos.
Esto va a ser como lo de las parejas, se lo digo yo. Si después de diez años aún hay alguien que esté pensando en descifrar qué es lo que quiere, apañados estamos. O le ponemos una vela a la patrona o concertamos una cita para empezar la terapia y ver qué pasa. Que como decía el psicólogo, a veces sirve para darse cuenta de que no tiene remedio. Y que solo queda cantar. Se acabó (otro redoble).