Kovansi Vorachack lleva más de tres décadas como vecino de Guísamo, lugar del que presume y a cuyos vecinos adora. Llegó de Laos en los años setenta huyendo de la guerra de Vietnam
12 oct 2015 . Actualizado a las 18:31 h.Ahora que el mundo desarrollado parece haber descubierto la figura del refugiado gracias a la agónica marcha de los sirios, muchos alzan la voz recordando que este pueblo ni es el único que migra huyendo de la guerra ni desgraciadamente será el último. Hace más de tres décadas un joven de Laos, Kovansi Vorachack, llegaba a España junto a varios familiares empujado por la guerra de Vietnam. La larga fase de adaptación le acabó llevando al albergue de Gandarío, donde conocería a su mujer. Hoy considera que Bergondo es tan patria suya como Laos. Y no se esfuercen en pronunciar su nombre asiático. Todo el mundo le llama Juan.
-¿Cómo se gestionó su marcha de Laos?
-A mí me traen el Gobierno de Adolfo Suárez y la Cruz Roja por culpa de la guerra de Vietnam. En aquella remesa éramos unos 280, entre los que también había algunos tíos y primos míos. Nos reparten por toda España y me traen a A Coruña, pero al pasar los años, la gran mayoría decide emigrar a Francia por razones de idioma. En aquel entonces Laos era colonia francesa. Antes de Coruña había estado en Los Ángeles de San Rafael, donde me dieron las primeras lecciones de castellano. Luego se hizo un sorteo y a mí me tocó esta zona. Después de pasar por Oleiros acabé en el albergue de Gandarío.
-Y allí conoció a su mujer.
-Allí me daban la comida y luego tenía que trabajar para salir adelante. Recuerdo que encontré un trabajo de limpieza de casas en Pravio (Cambre). La cocinera de Gandarío era la tía de mi mujer. La conozco en Guísamo, donde vivo desde entonces. Nos casamos en la iglesia de Ouces. Tenemos dos hijos, y muy pronto voy a ser abuelo. Aquí he encontrado todo lo que buscaba en la vida huyendo de Laos.
-¿Y ha vuelto a su país desde entonces?
-Cuatro veces, una de ellas con mi hijo. En cambio mi mujer y mi hija no se han animado a conocer aquello. Cuando fui estaba todo cambiadísimo, para mejor, me gustaría poder tener allí una casa para estar allí seis meses al año. Eso cuando me jubile. Pero Bergondo también es mi país. Aquí la gente me quiere, tú pregunta y ya verás. Muchos me llaman chino o chinito, y nunca me ha parecido mal, lo dicen con cariño. Para salir adelante he hecho de todo. Ahora soy jardinero, de hecho, en cuanto acabe la entrevista [es sábado por la tarde] me vuelvo a Campolongo a seguir un trabajo. Yo quiero más a Bergondo que a mi país porque llevo más tiempo.
-Ahora cuando ve las agónicas escenas de los refugiados en las fronteras...
-Da pena, ¿verdad? Niños que se ahogan, escenas muy tristes. Cuando me trajeron a España, no había tanta crisis como ahora.
-¿Cuándo dejó de considerarse un refugiado?
-Hubo que sufrir mucho. Cuando me casé ya consideré esto mi país, el lugar de mi vida.
-¿Cómo está hoy su país?
-El país tira para arriba. El problema de los países son las guerras. Ahora Laos está muy tranquilo y puede dedicarse a progresar sin más.
-¿Y tiene a sus hijos bajo su mismo techo?
-Mi hijo sí, vivimos en San Paio. Él también trabaja conmigo, y mi hija, la que me va a hacer abuelo, vive en Sada y es enfermera... Espera [toma su teléfono y se echa un largo minuto buscando en la carpeta de fotos]. Mira, esta es mi hija, a que es guapa [el periodista lo confirma].
-¿Mantiene contacto con sus hermanos?
-Desde que murió mi madre ya hay menos. Estamos dispersos por medio mundo. Yo feliz aquí en Bergondo, pero luego tengo tres hermanos que se quedaron en Laos, uno en Francia, otro en Australia y uno más en Canadá. Reunirnos es complicado [ríe].