Nueve años después del cierre, los clientes del Enrique aún rondan la vía
18 ene 2015 . Actualizado a las 05:00 h.Circula por ahí una foto de Pittsburgh, año 1955, en la que se ven los carteles de dos vías que se cruzan: Ofelia y Hamlet. En A Coruña también hay una encrucijada de amores urbanos (y casi shakesperianos). Está en la esquina de la calle Compostela. Allí se cortan la plaza de Mina, de Francisco Espoz y Mina, y la calle Juana de Vega, su viuda, que se enterró en San Amaro con el corazón del liberal en su ataúd. Si fuésemos yanquis, Mina y Juana de Vega ya tendrían su película, su epopeya, su leyenda literaria. Pero como somos pocos dados a la épica de nosotros mismos -siempre tienen que venir otros a escribirla-, nos conformamos con estos amores cruzados en el callejero municipal.
Lo observa todo, desde lo alto de su cúpula de escamas grises, la gran escultura que corona el edificio de Unión Fénix, que le da a la ciudad un aire de Gran Vía con lluvia de plomo en las alas.
En el bajo ya no está el Cantón Bar, que era una cafetería muy de té con leche y de señoras con sus martas cibelinas a la hora de la merienda. Como veían tantos posibles, los de Loewe cerraron la cafetería y abrieron una tienda, donde paraban las mismas señoras del té con leche a comprarse pañuelos y bolsos. Luego llegó Merkel y mandó parar. Y Loewe también se esfumó.
Desde julio del 2006 vagan desnortados por la calle Compostela, de una esquina a otra, sin rumbo, como los osos polares autómatas que hay en todos los zoos del mundo, los asiduos de Casa Enrique. Aquel 1 de julio, cuando Santi y Pili echaron el candado a la puerta, se quedaron huérfanos, y todavía hoy, tantos años después, hacia las siete de la tarde, algunos parroquianos irredentos aún se acercan ingenuamente a la esquina de la calle Compostela y plaza de Mina para ver si, por algún milagroso viaje en el tiempo, el Enrique ha abierto de nuevo y, ya puestos, para pillar la mesa de la ventana.
Los santos bebedores, que van como zombis entre Juana de Vega y Picavia, a veces incluso se quedan parados un rato delante del escaparate de Tous, como si todavía creyesen posible que fuese a entrar Pili para poner orden en el local y desbaratar este mal sueño con un botijo y un montadito de queso y anchoa.
La calle Compostela, que tiene algún portal modernista donde uno se quedaría a vivir una temporada, fue una de las primeras en tener uno de esos semáforos cantarines, que repiten sin pausa su letanía pregrabada, calle Compostela, pueden cruzar. Y Luis, uno de los fieles del Enrique, que se movía básicamente entre la barra y el umbral, siempre repetía el mismo vacile, una tarde tras otra, apostado en la entrada del bar, aferrado a su pitillo y su corto:
-¿A qué no sabes por qué está parado ese tío en el semáforo?
-Ni flores.
-Está esperando a ver si el semáforo le manda pasar, pero el maquinillo solo dice que los de Compostela pueden cruzar.
María Perriña también venía mucho por el Enrique. Se paseaba recopilando pitillos sueltos entre la clientela, que algún día hasta le invitaba a una Coca-Cola. María tenía la voz aflautada y pocos dientes y se reía mucho cuando tomaba su Coca-Cola, casi de penalti, en la esquina de la barra.
A veces alguien sacaba una guitarra, se encaramaba a una de aquellas banquetas altas y espigadas y ya se armaba un festival improvisado a golpe de lunes o de martes. Daba igual, de perdidos a la noche.
Siempre fue un bar de mucho artista. En los tiempos heroicos paraba allí Urbano Lugrís, que casi amaba tanto la hostelería como la pintura, y que iba derramando sus fabulosos murales submarinos por las cantinas de A Coruña. A Lugrís lo veían por la taberna junto a otro gigante, Álvaro Cunqueiro, según recuerda Sánchez Salorio, que tiene enfrente una consulta con atmósfera de gabinete de curiosidades.
Y de Lugrís y Cunqueiro tomaron el relevo en Casa Enrique los de La Galga, uno de aquellos colectivos de cuando la cultura se hacía en equipo. Xoti de Luis, Xaime Cabanas, Correa Corredoira, Chelín, Pepe Galán, Mon Vasco, Xavier Seoane, Manuel Rivas o Paco Taxes andaban mucho entre la revista y el Enrique, aunque lo cierto es que los pintores siempre fueron más fieles a la barra fija de la calle Compostela y dejaban por allí sus cuadros y sus grabados para decorar. Alguno hasta se atrevió a retratar a Santi tirando una caña, entre algunos de los rostros del local, como el viejo Molist, que entonces tenía la librería a la vuelta de la esquina, en Juana de Vega. Los artistas, cuando se sentaban en la mesa de la ventana, dibujaban sobre el mármol con un lápiz, con la excusa de que iban a apuntar las rondas de los dados, pero las cuentas en seguida se transformaban en desnudos, caras grotescas y otros seres efímeros que luego Santi borraba pacientemente con la bayeta, lamentándose un poco de perder aquel arte de una sola tarde.
Los fotoperiodistas también tenían en la taberna una especie de redacción paralela, y allí se mezclaban, entre cañas y orujos de hierba, sin mirar mucho dónde trabajaba cada uno. Fueron ellos los que descubrieron que el móvil de empresa servía para llamar desde la mesa al teléfono del bar para pedirle a Pili otra ronda de lo mismo.
-Pili, apúntamelo en la barra de hielo.
Santi, sentado sobre la nevera de Estrella, que era su rincón favorito, se reía mucho con aquellos vaciles telefónicos, pero Pili siempre mantenía la compostura, incluso cuando algún fotoxornalista más osado se encerraba en el legendario baño de pedales para reclamar su Estrella desde el reservado.
En la calle Compostela se ha impuesto en la última década una ley seca inmobiliaria que se llevó por delante el Enrique, el Asturias y su billar, y el Compostelano, tapa de lentejas y tercio de cerveza, donde el humo de antes de la prohibición ponía una boina de niebla sobre las tertulias y los morreos.