El siglo de Antonio

Mantiñán, que el pasado jueves cumplió 100 años, lo celebra hoy en su casa de Bribes rodeado de familiares y allegados


cambre / la voz

Antonio Mantiñán celebra hoy con familiares y allegados una efeméride de la que pocos pueden presumir: Cien años de vida. Una vida intensa que le deparó infinidad de aventuras desde el primer momento.

De niño, recuerda Antonio, acostumbraba a ir con el ganado desde casa de sus padres, en la parroquia cambresa de Bribes, hasta una finca con prados y una cantera en la que hoy se levanta la que es su residencia. «Ponían una sábana blanca para saber cuando tenía que volver», explica con una memoria envidiable, «aunque a veces me las llevaba antes de tiempo». Sus padres levantaron cuando él solo tenía tres años un molino en el que Antonio solía pasar las mañanas. Allí adquirió uno de los hábitos de los que nunca se ha desprendido: leer la prensa todas las mañanas. «Es lo primero que hace», apunta Antonina Herranz, su mujer.

Por aquel entonces, media parroquia pasaba por el molino de los Mantiñán a leer el periódico. «A veces hasta se llegaban a pelear por él», señala. «Ahora solo leo las letras grandes», reconoce. No obstante, Antonina nos confiesa que ha dejado de leer las esquelas y de asistir a funerales. «Como ve que va corriendo el escalafón...» Otra de las secciones que pasa por alto es Deportes, que no le interesan, salvo a la caza y la pesca. «Resulta que ahora son deportes», ironiza. Antonio recuerda como en el río que pasa junto al molino de de sus padres pescaba truchas con relativa facilidad «ahora no hay ni una», lamenta.

A los 22 años, el joven Antonio, que nació cuando arrancó la Gran Guerra fue llamado a filas para combatir en la Guerra Civil, en la que resultó herido. Lo único que le queda de ese «sufrimiento por la patria» es una pequeña pensión.

Tras la contienda, Mantiñán, como le conoce la mayoría, ingresó en la Policía Nacional. Madrid fue su primer destino, allá por el año 1940, y allí fue donde conoció a Antonina. Pero era tal su «morriña», que el mismo día que llegó pidió el traslado a su Galicia natal. Tuvieron que pasar 10 años, hasta el 1950, para que Antonio regresase a Cambre para seguir ejerciendo su profesión. Se jubiló pronto, en 1970, cuando tenía tan solo 56 años.

Desde entonces su lugar de trabajo ha sido el huerto y el jardín de su casa que, reconoce, «es donde más trabajé». Una banqueta que él mismo tapizó le sirve para ir eliminando pausadamente las malas hierbas. También para hacer guardia con el azadón a la espera de los topos hagan acto de presencia. Lo que más le gusta hacer es ver crecer y florecer los árboles que pueblan su jardín. «Cuando falte se darán cuenta de todo lo que hago aquí» bromea este jovial centenario.

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