Una noche con «Stephanie»

alberto mahía A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

El periodista de La Voz, en el paseo marítimo, a la altura de la coraza, a la una de la madrugada y con vientos de 100 kilómetros.
El periodista de La Voz, en el paseo marítimo, a la altura de la coraza, a la una de la madrugada y con vientos de 100 kilómetros. eduardo pérez< / span>

Entre la medianoche y las dos de la madrugada hubo diez emergencias

11 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Vientos de cien kilómetros por hora ya no son noticia en la ciudad. Hace falta que esos vientos se lleven por delante semáforos, farolas y masacren todo a su paso. Y eso no ocurrió. Pese a todo, a la una de la madrugada del lunes se estaba mejor en cama que en la coraza del Orzán. A esa hora llegaba lo peor de Stephanie. Tocará el mar la tierra, no la tocará; volarán tejados, no volarán... Mientras los servicios de emergencia deshojaban la margarita, el viento alcanzaba los 98 kilómetros por hora, las olas los 4 metros de altura y la lluvia era una lapidación. Parecía que las terribles previsiones que anunciaron durante la semana se iban a cumplir. Pero el guion dio un vuelco a las dos de la madrugada y a partir de ahí la enésima ciclogénesis que azotó Galicia en las últimas semanas amansó. Las ráfagas dejaron de tratar al cronista, con unos kilos de más y un abrigo de menos, como a un pelele. En hora y media, Stephanie amainó. Pero en su franja más dura obligó a los bomberos a realizar hasta diez salidas de emergencia. Poca cosa si se compara con los temporales que le precedieron. Esta vez, las intervenciones fueron por vallas, señales o antenas.

Pero cuando Stephanie centró toda su furia en la ciudad, miembros de Protección Civil, bomberos y Policía Local andaban de acá para allá buscando daños y evitándolos, esquivando el acoso de los vientos. Nadie había en las calles. El tramo de costa, de Oza al Millenium, estaba desierto. Stephanie parecía estar posando en exclusiva para los numerosos integrantes del dispositivo, el cronista y el fotógrafo, que por momentos disfrutaron de un espectáculo natural frente a las olas de Riazor que si no fuera por lo destructivo que podía llegar a ser, era para tumbarse y gozar.

Pero había que andarse con cuidado, advertían los que sabían. Porque entre los muchos peligros que encerraba Stephanie, el mayor era tomársela a broma. Y nadie se lo tomó. Ni en Adormideras, donde parecía el Gran Sol, con olas que hacían desaparecer la arena de la playa de San Amaro y los 5 grados de temperatura taladraban los huesos.