¿Se cayó o lo mataron?

El caso del septuagenario que apareció muerto en su casa de Orillamar sin signos de violencia llega a la Audiencia


A Coruña / la voz

Cuando el cuerpo de un septuagenario apareció tendido en el pasillo de su piso del número 25 de la calle de Orillamar nadie imaginaba entonces que detrás de esa muerte podría estar la mano de un mal hombre o de una mala mujer. El fallecido no gozaba de buena salud, en la casa todo estaba en su sitio y no se veían señales de violencia por ningún lado, de ahí que la muerte natural fuese la hipótesis más fiable. Hasta que se le hizo la autopsia y los forenses vieron lo que no se veía a simple vista, que este hombre había recibido un golpe en la cabeza. Con el informe en la mano, la policía comenzó a escarbar en la vida del septuagenario. Pronto se supo que días antes del 13 octubre del 2011, fecha en que se descubrió el cuerpo después de que los vecinos llamasen a los bomberos por el mal olor que empezaba a inundar el edificio, el fallecido había acogido en casa a una pareja que conoció en la calle porque se sentía solo. Más sorprendente aún fue la denuncia que la víctima había puesto contra esas dos personas días antes de su muerte. En ella contaba que le habían robado y amenazado de muerte. ¿Dónde estaban? ¿A dónde huyeron? Nadie sabía dar cuenta de su paradero, pero la policía sabía su identidad. Emitió una orden internacional de búsqueda y captura y en cinco días fueron localizados. A ella, de 43 años, en Vigo, y él, de 34, en Valença do Minho. Y aquí los trajeron para ser interrogados. La titular del Juzgado de Instrucción número 7 escuchó sus excusas -negaron en todo momento tener algo que ver con la muerte del hombre que los había acogido en casa-, vio su historial delictivo, con numerosas causas por robo, violencia y allanamiento de morada, y decretó su ingreso en prisión. Allí continúan. Esperan ser juzgados a finales del verano en la Audiencia Provincial y enfrente tendrán a un fiscal que pedirá para ambos penas que rondarán los 25 años de prisión por delitos de homicidio y robo con violencia.

A raíz del fallecimiento de este hombre, sus vecinos empezaron a hablar. Lo primero que dijeron es que «se fiaba de cualquiera». Pensó que esa pareja portuguesa ahora encarcelada le haría compañía y les ofreció una habitación. Pero, supuestamente, terminaron matándolo. Antes de eso, durante meses, lo sometieron a todo tipo de vejaciones y amenazas. Le robaban y le extorsionaban, comentarios de vecinos que tomó como suyos el fiscal. Luego contarían que el anciano tenía que esconderlo todo en su propia casa y no se atrevía a echarlos. Sugerirles que se buscasen otro techo significaba insultos y golpes. Lo habló con un comerciante de la zona y este lo convenció para que fuera a denunciar los hechos. Y fue. Días antes de morir acudió a comisaría. No dio tiempo a nada.

De la pareja que vivía con él ya nada se sabía. Cuando el barrio se enteró de la muerte de su vecino, hubo algunos que no necesitaron atar muchos cabos para sospechar que algo raro podría haber pasado. El que conocía lo que los supuestos homicidas le hicieron al hombre en vida se puso en contacto con los investigadores para contarles lo que el fallecido le contó.

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