Bárcenas, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Bár-ce-nas: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Bár-ce-nas. Le robo a Nabokov el principio de su Lolita para proponerle a Mariano Rajoy una forma terapéutica y erudita de superar su turbador enmudecimiento, ese que le impide pronunciar el nombre de aquel que nadie iba a poder demostrar que no era inocente. Teníamos que haber prestado más atención a este jeroglífico dialéctico con el que el presidente pronosticó lo que ayer publicaba este periódico, que el PP apoyó el archivo de la causa contra Bárcenas hasta en dos ocasiones. Al hilo de los acontecimientos, el vaticinio de Rajoy debería ser sometido al menos a un análisis de texto. Porque el circunloquio resulta en esta hora de lo más inquietante. Sobre esta perífrasis revolotea el dedo corazón de don Luis, ese que con tanto brío exhibió erecto y retador al regresar de su intrépida excursión a Canadá. En la punta de ese apéndice, don Luis parece escribir al aire: incautos españoles, nadie va a poder demostrar que no soy inocente, nadie va a poder demostrar que no soy inocente, nadie va a poder demostrar que no soy inocente... Quizás por esto Rajoy ha enmudecido. Le gustaría comerse sus palabras pero como el pasado siempre vuelve en forma de hemeroteca ha optado por comerse a Bárcenas. Y ya lo dice la Biblia: en el principio fue el verbo, así que sin verbo no hay tema. Por eso conviene que el presidente utilice a Nabokov para desatascarse. Inténtelo, señor Rajoy: Bár-ce-nas. No cuesta tanto. Quizás le cueste más eso otro de... pecado mío.