«Somos como una gran familia»

Lleva cinco años encargándose de que nada falle sobre el escenario


a coruña / la voz

«Pasa a mi despacho», dice Marcos López Lata con una sonrisa mientras se dirige al escenario del Teatro Colón. Y es que, en efecto, tiene un despacho muy especial, con 23 metros de altura, «lo necesario para poder esconder un decorado montado en una zarzuela», explica. Lleva cinco años, desde la reapertura del teatro, como responsable técnico, encargado de que todo salga bien, que no haya problemas. El resto, ya es cosa de los artistas. En total, 702 representaciones a sus espaldas. La última, el pasado viernes, Loquillo, que vino a cerrar una época del Colón. Se avecinan cambios que Marcos y su equipo vislumbran con cautela pero llenos de confianza: «Hay muchos modos de hacer las cosas bien aunque baje el presupuesto. Habrá que echarle más ingenio, pero todo es posible», dice esperanzado.

-El Colón, visto desde el escenario, impresiona.

-A todo te acostumbras. Pero sí que es un teatro muy especial. Está todavía muy nuevo y tiene una dotación técnica excepcional. En conjunto, es lo mejor que hay en Galicia. A los que vienen a actuar siempre les llama la atención su versatilidad, dentro de su tamaño y del tamaño de la ciudad, claro.

-Habla de dotación técnica, pero yo lo que veo son un sinfín de cuerdas y poleas.

-Es que las cosas en teatro siguen haciéndose como hace 50 años, y ahí está parte de su encanto. Si utilizáramos motores para levantar decorados tendría todo un ritmo fijo, mecánico. El toque humano no puede imitarse. Pero hay mucha tecnología aquí detrás.

-Y usted es el que organiza todo entre bambalinas.

-Somos un equipo, yo me limito a coordinar, porque esto es como una ciudad en pequeño, hay mil oficios: electricistas, iluminadores, el que sube y baja las varas... Yo, desde que se firma el contrato con una compañía, hago un seguimiento, me ocupo de lo que necesitan, les envío las características del teatro, organizo la descarga de materiales, que no puede hacerse a cualquier hora... Y todo con un equipo magnífico en el que, afortunadamente, nos llevamos a las mil maravillas. Somos como una gran familia en la que, del primero al último, todos somos imprescindibles.

-¿No le apena deshacerse de un escenario al que le ha metido horas de trabajo?

-Es una buena muestra de que, en efecto, todo es efímero. Da un poco de pena, ves un decorado acabado al que le has dedicado días, precioso, y a media tarde sabes que le quedan cinco horas de vida. Es como las fallas.

-¿Cuanto tardan en preparar una función?

-Depende del tipo de espectáculo. Los musicales son lo más complicado, pero el resultado es muy vistoso. Con Chicago o Jesucristo Superstar estuvimos varios días para ultimar el montaje. Y, después, desmontarlo nada más acabar la última representación, que con Chicago terminamos a las 9 de la mañana.

-Ha tenido trato con muchos artistas. ¿Alguno le ha llamado la atención especialmente?

-Muchos. Arturo Fernández, María Dolores Pradera, Moncho Borrajo, Raphael... Todos estos grandes nombres me impresionaron porque a pesar de ser auténticas estrellas estaban en el teatro desde primera hora de la mañana supervisándolo todo. Nada se les escapa. Y especialmente Raphael. Me conquistó. No era seguidor suyo, pero tras ver su entrega en el escenario no quedó más remedio que admirarle. Es un artista increíble.

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