Se han repetido hasta la saciedad los efectos perniciosos del botellón. En primer lugar para la salud de los que lo realizan. Se han subrayado especialmente las consecuencias negativas para la maduración neurológica, y del desarrollo en general, de la ingesta abusiva de alcohol a edades cada vez más tempranas. Ya en otras ocasiones mencioné que los niños y jóvenes que acceden rápidamente al consumo de alcohol y de drogas, los adultos prematuros, se convierten con frecuencia en niños eternos. La dependencia, en estos casos, se alarga abarcando todos los aspectos de su vida.
Al problema de salud pública que representa el botellón, se le suman la perturbación del descanso de otros ciudadanos, la suciedad y el deterioro de los espacios públicos, así como los episodios de vandalismo y violencia protagonizados por algunos de los participantes. Ante esta realidad se multiplican las campañas, llamadas preventivas, al mismo tiempo que el fenómeno se generaliza hasta convertirse en el referente privilegiado de ocio de la mayoría de los jóvenes. Parece que nada detiene el botellón. Bien es cierto que no todos los jóvenes hacen botellón del mismo modo. No para todos se trata de la borrachera como meta. Cada uno participa de la reunión según su carácter.
Siempre hubo borracheras en las fiestas y los fines de semana. ¿Qué es entonces lo específico del botellón? El botellón incluye el dar a ver propio de la sociedad actual. No se trata del exceso en el bar, incluye la exhibición pública en el corazón de la ciudad. Por eso los botellódromos no son una alternativa, ya que echan un velo sobre la orgía dionisíaca. También por esto ponerle cámaras al botellón (más allá de su valor policial) no deja de acentuar su carácter de Gran Hermano: «¡Míralos como gozan!».
Frente a las pulsiones los ideales revelan su impotencia. De ahí el escaso éxito de las contraprogramaciones culturales y deportivas nocturnas. El botellón se ha impuesto entre los jóvenes porque es una experiencia de ruptura con lo insoportable de las exigencias de la vida. Es un corte, el corte del fin de semana. Corte con las penosas demandas de los padres, de los estudios y de todo tipo de obligaciones. Mediante el recurso al alcohol, se anestesian los problemas y se desconocen los límites simbólicos. Por eso el límite, con frecuencia, lo tiene que poner el cuerpo. Pero el triunfo propio de la exaltación alcohólica acaba cediendo su lugar al autodesprecio que acompaña la resaca. Es el momento en el que la cámara se dirige al interior. La esperanza está en esa mirada sobre sí mismo.